La milicia del movimiento chií libanés Hezbolá ha trasladado el frente de guerra de la zona fronteriza a la retaguardia israelí con un ataque con cohetes a la ciudad portuaria de Haifa, donde ayer murieron ocho personas y unas 40 resultaron heridas, cuatro de ellas de gravedad.
Las ocho víctimas mortales se hallaban en una estación ferroviaria trabajando en la reparación de un tren cuando uno de los cohetes disparados hizo impacto en el andén, dejando un enorme charco de sangre.
Los cohetes, de 220 milímetros y con un alcance de unos 43 kilómetros, han hecho blanco en la parte baja de esta ciudad, ubicada en una loma del monte Carmelo y que con 250.000 habitantes es la tercera más importante de Israel.
La posibilidad de un ataque al principal centro industrial de Israel, y donde se halla su puerto más importante, ya había quedado patente hace unos días cuando Hezbolá disparó contra Haifa pero solo alcanzó las faldas del monte Carmelo. «Desde entonces estábamos preparados y teníamos en cuenta un ataque como el de ayer, pero no que se produjera con un misil del tipo de los que han caído», dijo en rueda de prensa el general Itzjak Guershon, comandante en jefe de la Comandancia de Defensa Civil.
Bajas libanesas
Al menos 33 personas murieron ayer en diferentes localidades del Líbano durante los bombardeos lanzados por el ejército israelí, según los medios de información libaneses.
En el ataque más grave, diez personas perdieron la vida por el impacto de un proyectil israelí contra un edificio de viviendas en Tiro, según el canal de televisión libanés LBC. En la localidad de Aitrum, en el sur del país, siete personas fallecieron, entre ellas cinco de nacionalidad canadiense.
Desafío de Nasralá
Desafiante y confiado, protegido por un fondo neutro para no ofrecer pistas sobre su paradero, el líder de la milicia libanesa Hezbolá, Hasan Nasralá, advirtió a Israel de que el ataque a Haifa «es solo el principio» y sugirió a los líderes árabes aprovechar la oportunidad histórica para salir de su «humillación». La retórica alocución del clérigo, plagada de vericuetos lingüísticos, parecía ocultar un doble sentido en el que instaba a la «regionalización» del conflicto sin perder la osadía que caracterizas sus intervenciones públicas.