ES difícil dominar un escenario como lo hace María Dolores Pradera. Sesenta años después de debutar en el teatro, el cine, la interpretación... le basta con estar. Uno tiene la sensación de que lleva dando el mismo concierto toda la vida. Y, realmente, es así. Sus actuaciones son como la eternidad de la música. Puede cantar 'La flor de la canela', 'Lágrimas negras', 'Toda una vida'... y el público seguirá entregado a una voz que cumple 82 años el próximo mes.
Si el condor cubre el cielo andino con la envergadura de sus alas, María abre sus manos y abraza a dos continentes geográficos, pero uno solo en la música y el sentimiento. Y el espectador viaja a Chile, a Argentina, a Cuba, a México... Y ella, con su elegancia a cámara lenta, tan lánguida como sencilla, les ayuda con su colección de ponchos, mantas tucumanas o mantones andaluces, que acabaron por iluminar el elegante vuelo de su traje azul añil.
Y por el escenario desfilaron los espectros de Atahualpa Yupanqui, Carlos Cano, Serrat e incluso Juanes. Nada se le resiste a una voz que parece inmarchitable. Que logró anoche que filas enteras de hombros, de un aforo repleto y entregado, hicieran olas siguiendo el ritmo de sus boleros. «Me dijeron no te mueras nunca...y estoy en ello». Pues eso, María.