nortecastilla.es
Domingo, 16 de julio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares     Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
EL TIEMPO
LO + BUSCADO
Vuelos baratos
Regalos
Ofertas de viajes
Antivirus
Alquiler de pisos
Recetas de cocina


AUDIENCIA
OPINIÓN
ARTÍCULOS
El español en China
ANDAN por China nuestros gestores culturales; cuando ustedes tengan este artículo en las manos estarán cruzando el mundo en avión, ganando las horas de vida que antes perdieron. Es un viaje curioso ese a China. Llega un momento, abandonada ya Europa, olvidada Moscú, en que te asomas a la ventanilla de la nave y descubres abajo un mundo desconocido, misterioso. Todo es más grande: los ríos, las montañas, los desiertos, las ciudades Desde allá arriba, a diez mil metros de altura, buscas con la mirada las carreteras que lleven y traigan -no te olvides que el camino es para el que viene y para el que va- de esas enormes ciudades de varios millones de habitantes y no las encuentras. ¿Cómo se llamarán esas grandes urbes? Parece que no hay carreteras, como si los habitantes de esos lugares vivieran allí toda su vida, sin comunicación con nadie, sin ir más allá de los límites de la ciudad.

Pekín es otra cosa. Sus esquinas son como las de cualquier metrópolis: Londres, Nueva York, Madrid, París Bancos, concesionarios de coches de lujo, perfumerías, relojerías Y al lado, unos pocos metros más allá, la pobreza más inimaginable, niños de dos y tres años mendigando, cubiertos de mierda. En Pekín -Beijin, llaman los lugareños a esa ciudad- está nuestra consejera de Cultura y parte de su séquito, que han aprovechado la inauguración de una sede del Instituto Cervantes para conocer Extremo Oriente.

En la maleta han llevado el español, el idioma, la lengua. Parece buen negocio ir a vender el género a ese inmenso mercado: mil quinientos millones de potenciales compradores. Con que se consiguiera interesar solamente a un pequeño porcentaje de la población -un uno o un dos por ciento-, treinta millones de chinos chapurrearían nuestra lengua. No parece una exageración pretender alcanzar esa cantidad: si es cierto que nuestro idioma es un elemento pujante en el mundo; si, como afirman muchos mentirosos, le está ganando terreno al inglés, que dos de cada cien se interesaran por su aprendizaje no sería ninguna exageración.

Pero, según cuenta la enviada de EL NORTE a esa expedición de conquista lingüística, los chinos que hasta ahora han decidido estudiar español superior no llegan al dos por millón. Dos mil ochocientos estudiantes. Tenemos que rebajar nuestras esperanzas diez mil veces.

Los chinos son unos comerciantes natos, les interesa tanto comprar como vender, su máxima aspiración es el beneficio y saben perfectamente que para esa actividad el idioma adecuado es el inglés. No les interesan en absoluto nuestras catedrales, ni nuestra historia, ni nuestra literatura -no sé si leyeron el otro día la entrevista al traductor de El Quijote, donde se nos informaba de que la tirada de la traducción sería de ocho mil ejemplares-, ni nuestras tradiciones ¿Que qué les interesa de nosotros? El negocio turístico, los hoteles, las playas, el sol No pasará mucho tiempo antes de que pretendan hacerse con ello.

No sé si afortunada o desgraciadamente, la mercancía que nosotros ofrecemos -la lengua española- es un producto para ricos. Y no es que China sea un país pobre -que la inmensa mayoría de sus habitantes lo son-, pero la lectura de Quevedo o de Delibes, la contemplación de la catedral de Burgos, la emoción que puede experimentarse ante la lectura de un poema de Machado o de Jorge Manrique exigen un rico más consolidado que ese imperio naciente. Es triste decir esto para quien, como yo, proviene de mil generaciones de menesterosos, pero el cultivo del espíritu exige una tradición de opulencia.

Hace bien Silvia Clemente, la consejera de Cultura, en ir a China con la mochila repleta de palabras, pero me temo que no le va alcanzar su mandato para ver satisfecho su empeño. Es magnífico tener un Cervantes en Beijing -espero visitarlo en poco tiempo, a pesar de que Pekín es lo menos hermoso de ese país, las dichosas olimpiadas se han cargado cuanto había de admirable-, pero el futuro a corto plazo del español no está en el lejano Oriente, sino en el extremo occidental. Los ociosos europeos que necesitan sentir la amistad de la piedra, la sombra de las catedrales; los estudiantes estadounidenses que pueden pagarse campus veraniegos y cursos de doctorado; los ejecutivos agresivos e inmisericordes que, para sentir que todavía tienen alma, juegan al golf en los campos de la Costa del Sol y leen a Javier Marías. Corazón tan blanco Los chinos aprenden inglés porque están en plena conquista de la industria, de la tecnología. Inglaterra no tiene que sentirse orgullosa de la expansión de su idioma en los antiguos dominios de Mao, sino temerosa. 'One, two '. Aprenden inglés para contar los dólares con los que comprarán sus empresas. Nosotros tendremos que esperar, aguardar durante varias generaciones a que los chinos envejezcan y descubran las excelencias del español. Pero aún han de hacer un largo camino y, en ese tránsito, es mucho más probable que nos vendan el mandarín, que nuestros niños acudan a aprender que hola se dice 'nijao' y gracias, 'xixié'. Mientras, nuestros expedicionarios habrán comprado relojes falsificados, sedas, perlas y se habrán fotografiado a los pies de las Gran Muralla. Y habrán hablado en inglés.



Vocento