El Quijote se come. Es un sabroso manjar que, en la mesa, no se indigesta. En papel de maíz o de trigo, con tinta de calamar y colorantes como el pimentón, la cúrcuma o algunas hierbas, el cocinero de origen bejarano y afincado en Moratalla (Murcia), Firo Vázquez, ha logrado que la obra más universal del español gane adeptos por el estómago. Puede sonar irreverente. Nada más lejos del sentido común tratándose del libro que cuenta las aventuras y desventuras de un caballero que olvidaba los apetitos terrenales y alimentaba su espíritu con novelas de caballería.