Roger Federer ganó ayer su cuarto título consecutivo en las pistas de Wimbledon en una final en la que Rafael Nadal ofreció espíritu combativo y buenos golpes pero en la que el suizo demostró, tras perder tres finales con Nadal en tierra ba tida, control y superioridad en el juego en las pistas más rápidas de hierba.
Si Nadal es un tenista esforzado, que reta al rival a una batalla de resistencia física, Federer es un atleta de la simplicidad. Todo su juego parece obra de la sencillez. Encuentra siempre más tiempo que su rival para llegar a la bola, para componer los golpes, y el resultado es una fluidez insólita, quizás como nunca se ha visto. Los psicólogos deportivos de Estados Unidos han acuñado el término 'estar en la zona' para representar al deportista que avanza hacia la victoria. La zona es un lugar donde no hay angustia sobre el resultado, donde no existe la ansiedad ni la duda. Es estar en el momento presente, en una conciencia de armonía.
Federer estaba en la zona desde el primer punto en la final de ayer y Nadal se veía a sí mismo jugando en su primera final en la pista central de Wimbledon. El mallorquín se llevó el primer punto con el resto y luego igualó a 30, pero el rival se asentó y ganó el juego merced a su primer servicio.
Dudas
Fue su arma más poderosa surante todo el partido. Forzó constantemente el servicio a las líneas laterales, sacando a Nadal de la pista para forzarle a restar en un lugar y a una altura de bote a la que no está acostumbrado. Sobre esa base construyó un dominio implacable en el primer set.
Si Nadal no había perdido ningún juego con su servicio en todo el torneo, si llegó a salvar nueve puntos de ruptura del servicio en su semifinal contra Marcos Baghdatis, ya en el segundo juego de la final las cosas habían cambiado. Salvó el primero, pero en el segundo cayó estrepitosamente.
Allí pareció descomponerse el mallorquín, que no tenía ritmo, que se sentía manipulado al arbitrio de los golpes del rival, que se fue al 0-4 en quince minutos, al 0-5 con un juego en blanco y al 0-6 con un 'passing' cruzado de revés.
Pero Rafael Nadal es un deportista de una madurez asombrosa para alguien que tiene 20 años recién cumplidos. Disipó el temor de que su primera final en Wimbledon fuese traumática rompiendo el servicio de Federer en el cuarto juego del segundo set. El público creían aún en el partido.
El suizo mantenía su fluidez en los golpes pero siempre da la sensación de que su mandíbula es frágil, de que si encaja un par de disgustos seguidos en el tanteador se hace más errático. La muerte súbita del tercer set la ganó Nadal ante un Federer que parecía fallón incluso en pelotas que eran relativamente fáciles. El desenlance se decidió en el cuarto juego del tercer set. Nadal había corrido de nuevo hacia atrás, buscando su golpe preferido, apretado y descolocado, pero dio el juego con una volea disparatada, que no tiró a la grada por poco. Federer el impecable volvió a ganar, pero ya tiene rival sobre la hierba.