NADIE sabía un día después de cerrarse los colegios electorales el pasado domingo en México quién ganaría las elecciones presidenciales, pero todo el mundo estaba persuadido de que el aspirante más votado sería proclamado vencedor: el fraude era el pasado y se confirmaba que, como escribía un observador local, «la democracia ha llegado a México para quedarse».
Puede parecer poca cosa, pero que más de setenta millones de ciudadanos mexicanos, razonablemente bien censados, sean llamados a votar un presidente, un Parlamento y cuatro estados en un gran país federal, de la reputación de México, y no se produzcan incidentes dignos de mención en la jornada electoral es en si mismo ya una noticia.
Que el público sepa que el Instituto Federal Electoral es una instancia irreprochable después del descrédito en que el PRI hizo caer a las instituciones (que literalmente robaron a Cuauhtémoc Cárdenas la presidencia en 1988) es también una noticia.
Y que el neutral y solvente IFE fuera creado por el último presidente priista, Ernesto Zedillo, una especie de confirmación de que el partido-Estado que rigió al país con puño de hierro durante 71 años más o menos se arrepintió.
Es el nuevo México el que acudió el domingo a votar en las primeras elecciones realmente ideológicas del país: o la continuidad liberal 'pro business', como escriben gráficamente las grandes agencias norteamericanas o la izquierda social proestatal.
O Felipe Calderón del Partido de Acción Nacional o Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática, el partido que fundó el mencionado Cárdenas Solórzano.
El PRI, con su buen porcentaje, será tercero y mantendrá su gran poder regional en un país federal -una condición olvidada a menudo en Europa- hecho de estados en los que el caudillismo propio del 'priismo' caciquil y clientelar ha sabido brillar y mantenerse sin mayores problemas.
El PRD va a ganar lo que se tiene por segundo puesto ejecutivo del país, la alcaldía-diputación de México capital (el Distrito Federal en el que se ilustraron Cárdenas y López Obrador).
México espera. Y lo hace en paz y en orden, con la seguridad de que, por fin, la normalidad en el recuento y la buena fe de quien cuenta están aseguradas. Adiós al fraude, ya no 'se cae el sistema informático', como en 1988 sucedió en los comicios. Quien haya ganado, ganará.