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Miércoles, 28 de junio de 2006
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De la Escuela de Arte Dramático
Una nefasta costumbre que se repite una y otra vez, sobre todo en materias artísticas, es desconocer o despreciar una etapa anterior cuando se comienza una nueva. La Consejería de Educación ha ignorado los 25 años de existencia de la Escuela de Arte Dramático de Valladolid, que si bien no tenían reconocimiento oficial estaba subvencionada, junto con el Conservatorio de Música, por el Consorcio de Enseñanzas Artísticas, formado por Ayuntamiento y Diputación. Con una premura que contrasta con meses anteriores de parón, ha convocado las pruebas de acceso para el futuro alumnado y se dispone a hacerlo para dotar los puestos del profesorado, sin contar para nada con los responsables pedagógicos de la escuela establecida. Cabían varias soluciones ante la puesta en marcha de una escuela de carácter oficial que debían haber sido discutidas con rigor. Se ha prescindido de ello, y así, por la buenas, se han impuesto los criterios oficiales de forma precipitada y deficiente. Se está jugando con el puesto de trabajo de muchos profesionales y, lo que resulta también importante, con los alumnos y la historia de la escuela que sigue estando presente en la vida teatral del país.

Hace unos años que por razones profesionales me desvinculé de la escuela pero los lustros en los que fui director y profesor me permiten escribir con conocimiento de causa. Las enseñanzas teatrales adquirieron con la LOGSE rango equivalente al universitario. La Escuela de Arte Dramático de Valladolid adaptó su programa al diseño curricular establecido, no demasiado acertado a nuestro juicio, ampliando el plan de estudios a cuatro, años en la especialidad de interpretación. Que se prescinda de ello de un plumazo es una inconsecuencia. Un gran número de profesionales egresados se han situado en la vida cultural del país y todos o casi todos los grupos de importancia de la comunidad autónoma cuentan con alumnos salidos de la Escuela de Ate Dramático. Empezar 'ex novo' una labor que tiene ya una tradición positiva no es de recibo, sobre todo cuando se puede encontrar soluciones menos abruptas y más enriquecedoras para las personas y la sociedad. Dilapidar un capital cultural no es una buena línea educativa.

Se incorpora la nueva Escuela de Arte Dramático a una fundación, solución jurídica no demasiado convincente para albergar enseñanzas superiores... De forma idéntica al Conservatorio de Música, debería ser integrada en la Red Pública. La consideración de los estudios escénicos obliga a ello. Su funcionamiento tendría otras garantías y una mayor seriedad desde el punto de vista de los enseñantes y de los alumnos.

Todo parece estar en el aire y, paradójicamente las decisiones están tomadas. Ojalá se rectifiquen desde el necesario diálogo frente a la imposición autocrática. Son muchas cuestiones las que hay que resolver, entre ellas la de la homologación necesaria para los alumnos que han terminado sus estudios, tanto los que han cursado tres años como los que han cubierto los cuatro años. Estos últimos deberían acceder al título de forma inmediata, una vez que se compruebe la acomodación del plan de estudios a lo establecido por la ley. Para el resto habría que pensar en algún procedimiento, tomando nota de lo que se ha hecho en otros centros a partir del Instituto del Teatro de Barcelona o la Resad. Creo que la intervención del Consorcio de Enseñanzas Artísticas que ha tutelado económicamente la Escuela de Valladolid durante todos estos años tenía que pesar en todas las cuestiones pendientes, tanto desde la protección de los trabajadores de la escuela, todos ellos habiendo accedido a sus puestos por oposición, como desde la justificación del dinero invertido en estos años. El desconocimiento de la labor positiva realizada constituirá un fracaso para las instituciones públicas, Ayuntamiento y Diputación de Valladolid, que la hicieron posible.

A los efectos inmediatos, la situación resulta un tanto sonambúlica. Los cursos 2º, 3º, y 4º de la actual escuela van a continuar, aun desde la frustración de los alumnos que no verán de momento su título oficializado, y de los profesores y trabajadores que saben que su labor tiene fecha de caducidad. Todo resulta confuso y absurdo con la sensación de que nos encontramos ante otra oportunidad perdida para hallar una solución racional a una cuestión educativa y artística con trascendencia de futuro. El esfuerzo inversor de la Junta en las nuevas instalaciones requiere necesariamente otro paralelo para hallar la vía justa que respete la labor realizada por la Escuela de Arte Dramático de Valladolid y la integre en el nuevo proyecto. Lo que no pase por este criterio significa desconocer lo obvio: que un centro de educación artística en Castilla y León, con personalidad propia, ha mantenido la llama del teatro en circunstancias siempre difíciles. Cuando parece haber llegado la luz resulta que está cercana, si no se remedia, la absoluta e irracional oscuridad. Que ello no ocurra es nuestro deseo.



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