HOY, día 26 de junio del 2006, la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito (UNOD) celebra el Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas con el lema 'Las drogas no son un juego de niños'. Una fecha más que pretende mantener viva la sensibilidad ante un tipo de problema, en este caso el consumo de drogas en los más jóvenes: los niños de edades comprendidas entre los cuatro y los diez años. Aunque la sensación general es que esta realidad apenas tiene incidencia en nuestro país, ya es frecuente en determinados barrios de España ver a niños inhalando colas.
Lo que sí preocupa son los resultados de numerosos estudios que subrayan el aumento del consumo de drogas entre los jóvenes de 14 a 18 años, sobre todo de alcohol, cánnabis y cocaína. Se calcula que hay más de 10.000 jóvenes enganchados al consumo de cocaína y, aunque solo sea por una cuestión de probabilidades, alguno tiene que coincidir con un vecino o allegado nuestro.
Realmente es una cuestión de probabilidades; un joven tendrá menos probabilidad de consumir drogas en tanto en cuanto circunstancias relacionadas con su personalidad y su entorno familiar, escolar y comunitario le protejan frente a dicho consumo. Personalidades equilibradas, familias hábiles en establecer límites y normas, escuelas informativas y formativas, barrios con alternativas de ocio saludables, drogas no accesibles y leyes adecuadas que alejen de su gestión condicionantes económicos son algunos de los factores de protección frente al consumo de drogas en los jóvenes.
Decíamos 'alternativas de ocio saludables'. Las drogas están cada vez más asociadas a los tiempos de diversión y ocio. Ya no entienden de diferencias sociales, ni de delincuencia o transmisión de enfermedades mortales. Son muy accesibles y baratas. Y, además, algunas de ellas se encuentran teñidas por una especie de 'aureola terapéutica' que justifica su consumo, incluso sin padecer la enfermedad que supuestamente dicha droga cura. El consumo de drogas va cambiando de cara, pero no disminuye.
No es un juego. Nuestros hijos están en riesgo. Riesgo de no desarrollar todas sus capacidades y potencialidades y de no crecer en sentido amplio. Están en riesgo de usar y abusar de las drogas, de convertirse en adictos y perder la libertad, y de que aparezcan consecuencias irreversibles en su salud, tanto más negativas cuanto más joven sea su cerebro.
Urge tomar cartas en el asunto. Existe una especie de hipocresía social que impregna con excesiva frecuencia gran parte de lo que hacemos. Es difícil entender cómo, cuanto más preocupantes son los resultados de las encuestas de consumo, mayor tranquilidad producen en todos nosotros. De hecho, se constata una y otra vez el aumento de la tolerancia social ante el consumo, a la vez que disminuye escandalosamente la percepción social del riesgo asociado al mismo. Estas variables cambian de tono y pujan al alza en determinadas coyunturas con escasa incidencia, pero de especial impacto mediático, como los episodios graves de sobredosis en jóvenes por consumo de drogas de síntesis en macrofiestas.
Con frecuencia resolvemos nuestras disonancias adultas culpando a los jóvenes de la realidad que les ha tocado vivir que, en definitiva, es la que les estamos preparando. Hedonismo, consumismo, individualismo, ausencia de sentido crítico, exaltación de lo 'auto' (autoeficacia, autoestima, autorrealización...), baja tolerancia a la frustración son los valores de los jóvenes de hoy, respaldados y reforzados por los adultos.
Sin embargo, resulta sorprendente cómo en todas las encuestas, al preguntar a los jóvenes sobre las cuestiones que más valoran en su vida, destacan en primer lugar la familia. La familia es el más importante agente de transmisión de valores y principios y la única estructura a la que permanecemos vinculados durante toda la vida. Sobre la familia se asientan los elementos básicos constitutivos del desarrollo y equilibrio de las sociedades. Sin embargo, casi la mitad de las familias españolas señalan en lugar destacado sentimientos de impotencia y hartazgo frente a la educación de sus hijos, y exponen su necesidad íntima de evitar el conflicto con ellos para no enturbiar la calidad de los escasos momentos de convivencia.
Y es que las cosas no son como eran. Ha cambiado la tipología de familias y las dinámicas familiares. Han variado los estilos educativos y la relación con los hijos. La incorporación de la mujer al mercado laboral ha provocado un reajuste dentro del sistema tradicional de familia española, y existe el ánimo de tender a la igualdad y equilibrio entre los cónyuges. Familias monoparentales, nucleares, reconstituidas , todas ellas con una influencia profunda e inevitable en la educación de sus hijos y en un nuevo sistema socioeconómico y laboral que nada tiene que ver con el pasado, y que ayuda muy poco a conciliar nuestras obligaciones como padres con el resto de los compromisos adquiridos. ¿Tendremos equivocada la escala de prioridades?
Hoy nos invitan a ganar el juego. Y esto solo es posible si toda la sociedad se implica activamente y cada agente asume su responsabilidad educativa sin delegaciones ni transferencias. La prevención del consumo de drogas, como objetivo educativo concreto, debe incorporar todos los enfoques posibles y preparar adecuadamente a los padres, educadores, mediadores sociales y políticos para resolver este problema con pericia. Educar supone estar dispuesto a manejar conflictos y prevenir el uso y abuso de drogas obliga además a manejarlos adecuadamente. Entre adultos anda el juego.