Algunos están irritados con Maragall por varias razones: en primer lugar, por una franca deriva nacionalista que hizo de la alternancia en Cataluña una cuestión de rostros, y no de ideas. En segundo lugar, por haber aceptado una propuesta de Estatuto inviable e inconstitucional que ponía en apuros innecesariamente al Gobierno de la nación y que hubiera provocado daños políticos irreparables si Artur Mas no hubiera tenido el rapto de grandeza que lo llevó a pactar con Zapatero. Pero dicho esto, hay que reconocer el señorío de Maragall, que ha sabido anunciar su marcha en el momento oportuno y consciente de que plantear ahora batalla por su continuidad generaría muchos más problemas que los que pudiera resolver. En una comunidad como Cataluña, en la que el primer presidente de la Generalitat de la joven democracia estuvo en el cargo más de veinte años, el sacrificio de Pasqual Maragall merece cuando menos el sobrio homenaje del reconocimiento.