NADA más español que el esperpento, ese género literario inventado por Valle-Inclán, pero que hunde sus raíces en nuestra historia, en Quevedo o en Goya, por ejemplo. El sentido trágico de la vida española solo puede ofrecerse con una estética sistemáticamente deformada. Pues bien, el electorado catalán ha roto los espejos cóncavos no del callejón del Gato sino de Tinell. Todo el proceso de reforma del Estatuto catalán ha sido esperpéntico, de comienzo a fin. Y lo ha sido, principalmente, porque la clase política no ha estado, ni de cerca, a la altura de las circunstancias. Un anuncio de güisqui pone en boca de un famoso la siguiente frase: «Me gustan más las ventanas que los espejos». Esto no tiene ningún sentido para alentar el consumo de un buen güisqui, pero refleja a la perfección lo que ha sucedido en Cataluña, donde los políticos profesionales se han entregado a un narcisismo enorme, olímpico, sin límites, se han pasado meses enteros mirándose a sí mismos, con las calculadoras electorales en la mano, intentando sacar adelante sus particulares visiones sobre la realidad, tan alejadas del sentir del común. El referéndum, es decir, la apertura de las ventanas del estrecho cuadrilátero de la política profesional, les ha puesto en su sitio, les ha obligado a mirar más allá de ellos mismos, a comprender la realidad. Menos de la mitad de los electores catalanes se acercaron a votar el texto de la discordia. Y aunque le han apoyado tres de cada cuatro votantes, el resultado final arroja un dato desolador: solo uno de cada tres electores catalanes ha prestado su apoyo explícito al Estatuto. La democracia, esa exageración estadística.
A pesar de los esfuerzos del Gobierno central por pasar página (enfocando ahora al laberinto del País Vasco), por desgracia, el culebrón catalán no ha acabado. La buena noticia es que Maragall se va; ha bordado su papel de líder de la desestabilización permanente. Ha sido la autista reina adicta del espejo del cuento. Pero ahí quedan ciertos efectos perversos. Los fallos revelados del sistema, por ejemplo, como el que no esté previsto que las reformas estatutarias pasen por el examen del Tribunal Constitucional antes de ser aprobadas (y mucho más si requieren una consulta popular), o que se exija que participe al menos la mitad del censo para que un referéndum tenga validez. Las inconstitucionalidades que (ya menores, salvo en la cuestión de la lengua, pero significativas) aún mantiene el Estatuto. Más grave: las reformas pendientes de importantes leyes del Estado en sentido privilegiado para los nacionalistas catalanes (financiación, justicia, etcétera). En este punto hay que estar muy atentos. Más grave: la irritación que 'lo catalán' ha causado entre la gente fuera de Cataluña y 'lo español', dentro. La casta política ha exacerbado ese desencuentro durante todo este año. Y lo más grave: la ruptura del consenso fundamental, el que siempre ha unido a PSOE y PP en las cuestiones de Estado. Por primera vez, una mayoría ha impuesto su decisión a la otra. Esto no debería repetirse de ningún modo respecto del País Vasco. Ojalá el Gobierno no olvide que las imágenes más bellas (como la realidad plural española, por ejemplo) son absurdas en un espejo cóncavo (el nacionalista y/o el mezquino partidista).