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Sábado, 17 de junio de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
CRÓNICA DEL MANICOMIO
Respeto y paciencia
SI me preguntan cuál es la clave para tratar a los locos, diré que el respeto y la paciencia. Paciencia porque las enfermedades mentales, las de verdad, solo curan con la muerte, como solo cura con la muerte la vida o la belleza si las consideramos, soltando algo la lengua, como enfermedades inapelables del cuerpo y de la conciencia. Entre tanto, hasta llegado el último suspiro, que para unos se presenta como un alivio y para otros como un desenlace incongruente, todo tratamiento no es otra cosa que una ayuda para mejor vivir que se prolonga año tras año. Tejer es una labor lenta, y de tejer se trata cuando alguien se presenta dislocado y descosido en la consulta de quien sea. Conque es casi seguro que, por mucho que cosas, lo más que consigues es echar un remiendo que siempre corre el peligro de desgarrarse por el mismo costado. Pero no conviene desesperarse, pues algo parecido sucede en muchas otras facetas de la existencia, en tantas que se ha podido definir la vida como un ejercicio de paciencia.

Otro propósito delicado que entra en juego en cualquier tratamiento es el que atañe al respeto, un sentimiento delicado y difícil de definir. Para respetar a alguien hay que aprender a ponerse en su lugar, y muchas veces cuesta ponerse del lado del loco, más que nada porque su experiencia asusta y es difícil de presumir. Pero sin ponerse en el lugar de alguien no es de respeto de lo que corresponde hablar. Quizá pudiera admitirse, en su ausencia y en el mejor de los casos, el concepto de tolerancia, pero esta disposición no basta para entender a las personas. La tolerancia es una palabra desgastada que se ha vuelto fea, inútil y sospechosa de magnanimidad, que es la falsa caridad de los fuertes. La tolerancia es una virtud que hoy necesita un tiempo de hibernación y olvido para que recupere la sustancia ética que conserva.

Por otra parte, para ponerse en el lugar de alguien hay que aprender a compartir sus ideas. No estrictamente para hacerlas nuestras, pero sí para aceptar su necesidad y su extrañeza. Aquello que en la vida social puede resultar un consentimiento repudiable, pues hay ideas y comportamientos que nunca se deben aceptar, en el ámbito de la clínica puede ser una señal de respeto. El despacho de la consulta es un territorio franco, un fuero privilegiado donde el enfermo puede ejercer derechos que en cualquier otro lugar le pueden ser justamente rechazados.

Sin embargo, paciencia y respeto son armas de la actitud y de la inteligencia que, a fecha de hoy, cuando toda la confianza curativa descansa en la ciencia, no son fácilmente aceptadas como herramientas terapéuticas. Por ello el tratamiento psiquiátrico se ha vuelto cada vez más frío y avaro. Escucha poco y tiene demasiada prisa por conseguir resultados. Ahora su función se detiene en el diagnóstico, y lo hace con tan excesiva frecuencia que bien parece ser lo único que le interesa. Una vez que se sabe lo que tiene el loco, o al menos cómo llamarlo, se prescribe el medicamento que esté mejor promocionado y, si se te dejan, se quita uno al loco de encima y se le deriva donde se pueda. De esta suerte se da ejemplo de impaciencia y se muestra hasta dónde puede llegar la falta de consideración a las ideas del enfermo. Respetar al psicótico no es ponerse a delirar con él, pero tampoco dar muestras de una prisa insustancial, bastante reveladora de la soberbia médica, tan incapaz de vivir con sus fracasos que necesita imponer la cura por encima de cualquier otra propuesta más humilde y correcta. No conviene olvidar que hay psicóticos tan dignos que con la 'curación' se les afrenta.



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