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Los pecados de báscula983 41 21 11
El exceso de peso corporal constituye un motivo de rechazo y de reprobación social cada vez más extendido
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Tras la persecución del fumador, todo parece indicar que se ha decretado la persecución del obeso. Pesar unos kilos de más ha dejado de ser un problema de salud particular para quien lleva esa carga y se ha convertido en un delito cuyo culpable merece el castigo social. Una cosa es la doctrina de lo políticamente correcto, según cuyos preceptos no está bien descalificar a las minorías y a los diferentes -los gordos entre ellos-, y otra muy distinta pero más real es que el exceso de peso corporal constituye un motivo de rechazo y de reprobación cada vez más extendido.

Todos recordamos aquella cruel infancia en la escuela donde sobre el gordito o la gordita recaían las bromas del resto. Se trataba, por lo general, de casos aislados cuyos protagonistas pagaban en sus propias carnes la inclemencia de sus compañeros. El grupo se ensañaba con el gordo porque era la excepción, el ejemplar raro, como si hubiera sido puesto ahí para hacer el papel de chivo expiatorio.

Pero actualmente los obesos en distintos grados suponen un porcentaje bastante elevado de la población, especialmente de la población infantil. No es extraño encontrarse una decena de niños gordos en la misma aula. Según informes de la Comisión Europea, cada año se diagnostican 400.000 nuevos casos de obesidad o sobrepeso en edades de entre 5 y 11 años dentro de la UE. En los adultos españoles, casi un 15% son obesos y cerca del 40% se encuentran en la zona del sobrepeso. El gordo ya no es una 'rara avis' en una sociedad desarrollada que sufre entre otros dos de los principales males de las sociedades modernas: el sedentarismo y los malos hábitos de alimentación. Y, sin embargo, la nutrida y creciente minoría de los gordos sigue cargando con los sambenitos de antes, solo que revestidos de otras descalificaciones.

Culto al cuerpo

Sin duda la obesidad representa un problema de salud al que debe prestarse la máxima atención. Que los profesionales sanitarios, los padres y los educadores adopten medidas para atajarlo no solo es una necesidad urgente, sino también un deber humano y político. Pero esa actitud positiva lleva consigo su lado pernicioso, que empieza a asomar cuando la sociedad culpabiliza a la persona obesa.

Los cánones fijados por la moderna religión que rinde culto al cuerpo excluyen al gordo y lo destierran a la región de lo antiestético y de lo repulsivo. Los baremos del mercado le niegan su derecho a participar en la ceremonia consumista, porque su cuerpo no cabe en las tallas consideradas modélicas.

En cambio ese mismo sistema del consumo le hace cliente preferencial de establecimientos de 'fast-food' donde alivia sus penas en compañía de otros obesos como él, y lo mismo ocurre con los negocios de las dietas, los gimnasios y los productos alimenticios supuestamente destinados a resolver su problema.

Purgación de la 'culpa'

Pero esa comunión en el desahogo del McDonald's o del Burger King, ¿no es otra forma de purgar con la propia culpa? La mayor parte de los obesos -sobre todo los obesos por sobrealimentación- oscilan entre el consuelo de ver por la calle cada vez más gente de su misma condición (es decir, de sentirse 'normales') y la insatisfacción de no cumplir con las exigencias sociales del cuerpo delgado, deportivo y modélico. A estas últimas se les añade, y cada vez con mayor fuerza conminatoria, las llamadas de la diosa Salud.

No hay día que los medios de comunicación no informen sobre los riesgos cardiovasculares de la obesidad o sobre el índice creciente de enfermedades y muertes debidas directa o indirectamente al exceso de peso. Por si eso fuera poco, sobre la conciencia de los gordos caen también las apabullantes cifras de gastos sanitarios que serían evitables si todo el mundo se sometiera a dieta, hiciera ejercicio o cultivara hábitos más saludables.

He aquí de nuevo el insidioso y astuto discurso ambivalente que por un lado trata de consolar a la víctima haciéndole ver que su problema es una enfermedad, y no el efecto de un vicio, pero que por otro le señala con el dedo acusador haciéndole responsable de esa enfermedad y de sus consecuencias.

Alrededor de un 90% de los diagnosticados de sobrepeso se sienten, según las encuestas, culpables de su problema. La grasa no es un atributo personal que cada cual lleva con más o menos dignidad, resignación o dolor, sino un excedente corporal que recuerda a todas horas el pecado cometido por un alma sin fuerza de voluntad, presa fácil de todas las tentaciones y, por si eso fuera poco, insolidaria.

La gordura ya no es una cuestión solamente estética. No es tampoco un argumento sanitario. Ya nos han convencido de que estar gordo o delgado afecta a la moral. Desde el momento en que engordar se hace pecado, el tipo de gordo risueño, optimista y bonachón de antaño pasa a ser la figura abominable del apestado vicioso que trata de esconderse de la vista de los demás. No es suficiente con que rebaje unos kilos hasta encontrarse mejor, o hasta alcanzar los estándares considerados saludables. La gordura ofende. Por eso queda vedada en los programas de televisión donde solo son obesos los personajes que se someten voluntariamente a la vergüenza pública contando sus desgracias o sus penalidades; es decir, 'confesándose'. Y, en contraste con ellos, los noticiarios muestran de vez en cuando alguno de esos 30 millones de desnutridos que mueren al año por causa del hambre. Así se acentúa la culpabilidad de gordo, víctima propiciatoria de nuestra mala conciencia opulenta.



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