«Estaba tirado en la carretera y me dijo ayúdame porque no puedo respirar». Así recordaba ayer Ángel Fernández las últimas palabras que escuchó de David Álvarez, su compañero del 2º A del instituto, que ayer perdió la vida tras un grave accidente de tráfico. Apenas puede contener la emoción. «Después, sacaron a Alba», prosigue refiriéndose a la joven que quedó atrapada.
Mientras, en el número 10 de La Piñera, se suceden las escenas de dolor. Los familiares de David acaban de recibir la noticia. Hay gritos desgarradores y mucha tensión. «Estaba tan contento por haber aprobado todo», grita entre sollozos su tía.
A apenas cinco kilómetros de distancia, en el pueblo de La Cotina otro de los jóvenes que viajaba en el autobús, Adrián Castañón, relata los minutos de tensión que se vivieron tras el accidente. Acaba de recibir el alta médica. «Todos gritábamos que nos sacaran de allí», asegura. Entre los asientos rotos y el caos, Adrián, de 14 años, consiguió sacar su teléfono móvil. Llamó a su madre y le dio cuenta de su fatalidad. «El autobús volcó, pero estoy bien», recuerda que le dijo.
«Perdí el control»
El conductor del autobús siniestrado en Morcín narró que «bajaba por la carretera de todos los días. Estaba casi llegando a Santa Eulalia cuando me di cuenta de que subía en dirección contraria una furgoneta. Toqué el freno eléctrico para arrimarme a la derecha, porque la calzada es muy estrecha. A partir de ese momento, perdí el control del vehículo».
El conductor reconoció ayer con pesar que no pudo hacer «nada» para evitar la tragedia. «El autobús se cruzó en la carretera, como si hubiera pasado por una plancha de hielo. El vehículo quedase totalmente fuera de control. Les grité a los críos para que se agarrasen como pudieran, porque nos íbamos por el terraplén».