Ala chita callando, casi sin darnos cuenta, durante estos últimos años hemos asistido a una cierta adulteración de la moneda. Cuando en una sociedad sucede este fenómeno los resultados siempre suelen ser los mismos: la destrucción de las fuerzas ocultas de las leyes económicas, de tal manera que todos los hombres empiezan a sentirse a gusto. O lo que es lo mismo, a no darse por enterados, como si navegaran en un yate de lujo.
Por supuesto, la fuerte subida del crudo en estos momentos, no guarda parangón con la de los años setenta del siglo XX, cuando para pagar la factura del petróleo, los países importadores se vieron en la necesidad de aumentar sus exportaciones dejando los mercados interiores desabastecidos, lo que produjo fuertes subidas de los precios. Pero un lustro después del 'shock' petrolero, la inflación, por ejemplo, en Alemania se redujo del 7% a menos del 5% y en los Estados Unidos descendió del 12% al 5% en el año 1976. Estas desigualdades, aunque la causa sea la misma, tienen una lectura diferente. Y es que la inflación, sin lugar a dudas, es un fenómeno monetario que se produce cuando la cantidad de dinero en circulación aumenta con más rapidez que la producción.
Ahora nosotros tenemos una inflación del 4%, lo que puede significar que los aumentos de los precios derivados del petróleo los estamos trasladando a otros componentes, como pueden ser los bienes industriales. Además estamos importando más bienes de los que exportamos, lo que se traduce en un aumento del déficit comercial y, a su vez, requiere un aumento de las necesidades de financiación, alcanzando ya el 6,7% del Producto Interior Bruto, cuando en el 2004 representaba el 4,3%.
En modo alguno deberíamos alarmarnos por las fluctuaciones temporales del índice de inflación o de determinados precios; que las lechugas hoy cuesten más que ayer nos debería llevar a preguntarnos si la inflación afecta o no al índice de crecimiento monetario.
De momento, las empresas han encajado, digamos 'deportivamente', los incrementos de los costes energéticos y financieros. ¿Pero cuál es su capacidad de resistencia? El diferencial de precios, respecto a la eurozona, dada su estabilidad, no deja de ser preocupante, sobre todo para las empresas exportadoras, con un 1,7 puntos porcentuales. Esto plantea el problema de la productividad y las inversiones en I+D+i.
De alguna manera, tanto la inflación como la financiación del gasto público, están relacionadas con el intento de llegar al pleno empleo. Este objetivo, como tantos otros programas gubernamentales, no deja de suscitar interés pese a que los resultados obtenidos hasta ahora no han sino nada positivos. Estamos ahora en un 8,4% de desempleo forzoso, algo mejor que Francia y Alemania, pero por encima de la eurozona. Sin embargo, esto es lo preocupante, la existencia de una fuerte asimetría entre gasto público y el empleo puede muy bien llegar a desestabilizar el crecimiento económico. Si el empleo fuera financiado a través del gasto público sin aumentar los impuestos o incluso bajándolos, la única salida factible sería recurrir al aumento de dinero en circulación. Algo de esto se está haciendo; pero es posible admitir que los asesores de Solbes sean más partidarios de mantener las actuales tasas de desempleo, que provocar una subida galopante de los precios. Y no debemos olvidar que la mano de obra que ahora se contrata, debido a su escasa formación profesional, presiona a la productividad hacia abajo.
Por ahora, los bancos centrales no han dejado de ser prudentes. Ben Bernanke subió los tipos al 5%, y unos días más tarde el Banco Central Europeo los elevó hasta el 2,75%. ¿Hasta cuando? Como podemos ver el pleno empleo es un concepto mucho más complejo de lo que parece a simple vista.
Queda en el aire el comportamiento del gasto público. Es posible admitir que, dada la articulación espacial, las diferentes autonomías van a ser las responsables del gasto. Entendemos que el aumento del gasto no debería ser el causante de la subida de los precios, siempre y cuando su financiación corriera a cargo de la subida de los impuestos o se hiciese pidiendo dinero al público. Nada de esto va a suceder. Pero de sobra sabemos las repercusiones que está teniendo la especulación del suelo en buena parte de España, por no decir en toda.
Qué duda cabe que, una vez efectuado el reparto de fondos, en consonancia con los nuevos estatutos territoriales, habrá gobiernos prudentes que tratarán de equilibrar sus presupuestos, al lado de los manirrotos. Las cosas se complican por sí solas y en ocasiones más de lo aconsejable. El efecto de la política monetaria sobre los precios y en el desempleo, algo siempre previsible, no debe ser una alternativa de la inflación.