UNA reciente encuesta del Instituto Noxa, la empresa de sociología aplicada de Julián Santamaría que se ha acreditado por sus aciertos, ha augurado que el referéndum catalán del próximo día 18 arrojará una victoria cómoda del 'sí' con una participación no exorbitante, pero sí suficiente, superior en todo caso al 50%. Incluso un sector significativo de los votantes de ERC y una pequeña fracción no desdeñable de los del PP votarán afirmativamente. Aunque la campaña previa a la consulta es intensa, parece poco probable que consiga variar sustancialmente tales previsiones: de hecho, los catalanes ya tenían todos los datos necesarios para adoptar su decisión desde bastante antes de que se confeccionara el sondeo.
Si se confirman los presagios en la forma descrita, y aunque los 'síes' obtengan un porcentaje francamente inferior al que lograron en el referéndum de octubre de 1979 sobre el Estatuto de Sau (en aquella ocasión, la participación fue del 59,7% y los 'síes' alcanzaron el 88,2%), habrá sin duda consecuencias en los dos planos que forman el contexto de la consulta: el estatal y el puramente catalán.
En este último, la aprobación del Estatuto con un resultado intelectual y socialmente suficiente favorecerá a sus promotores en las elecciones autonómicas catalanas que, en principio, deben celebrarse en otoño, sin aplazamiento posible, ya que el Gobierno de la Generalitat ha quedado en minoría tras la obligada defección de ERC del tripartito sobre el que se sustentaba el 'Govern'. Esta observación no es, sin embargo, expresiva ni relevante desde el punto de vista de los equilibrios políticos, dado que las dos grandes fuerzas que competirán, el PSC y CiU, han apoyado el 'sí', por lo que ambas pueden anotarse legítimamente la victoria. Esquerra sí resulta en cierto modo damnificada, ya que su opción pierde la apuesta, pero ello no ha de ser necesariamente negativo para la organización de Carod-Rovira que, a partir de ahora, pasa a ejercer prácticamente en exclusiva la representación del radicalismo independentista, tras el centrado de CiU y del propio Artur Mas. El PP, por su parte, seguirá en su nicho habitual, con escasa capacidad de crecimiento, un cierto malditismo sobreañadido a su imagen y -en principio- nula capacidad de influencia por el aislamiento a que, salvo sorpresas, se verá sometido en el inmediato futuro (al menos).
El hipotético éxito del 'sí' incidirá también en el interior del PSC, partido que tiene hoy abierto el dilema sobre si su candidato será de nuevo Maragall o, por el contrario, Montilla. En principio, la euforia del éxito favorece la repetición de Maragall, pero también podría argumentarse que el relevo en la cúpula, que habrá de coincidir con un inaplazable relevo generacional a otros niveles, es en estas condiciones más pertinente que nunca, ya que la mudanza ha de hacerse en situaciones favorables y no en momentos de crisis. En cualquier caso, ayer Montilla anunciaba su disponibilidad para este designio, siempre que Maragall esté dispuesto a ceder su primacía: nadie debe esperar que los dos líderes contiendan entre sí por conseguir la candidatura. E incluso no puede descartarse que Montilla figure como número dos en la candidatura de Maragall si se llega a la convicción de que tal fórmula facilitaría una victoria socialista.
En el terreno de la política estatal, las repercusiones son de distinta índole: de un lado, se consolida el referente de la reforma del Estado de las autonomías, pese a que, previsiblemente, el recurso de inconstitucionalidad que presentará el PP introduzca ciertas rectificaciones, que, después del 'cepillado' del proyecto en Madrid, no serán de gran envergadura. Del Estatuto catalán deberán derivar, primero, el modelo general de financiación, que habrán de perfilar todas las comunidades en el Consejo de Política Fiscal y Financiera, y, después, las pautas estructurales de los demás estatutos. Tal proceso de mimetización será imparable, y debilitará al PP, incapaz de frenar la tendencia (como se ve en Baleares).
De otro lado, el Partido Popular deberá adoptar algunas decisiones estratégicas de calado, puesto que se ha quedado al margen de este proceso. Puede optar entre seguir negando esta reforma, y mantener lógicamente la promesa de cancelarla al llegar al poder -algo muy difícil, si no imposible, de llevar a la práctica-, o sumarse tácitamente a ella. En el primer caso, corre el riesgo de quedarse al margen del núcleo central del sistema y abismarse temporalmente en una peligrosa marginalidad. De forma que más bien parece habrá de transigir y aceptar los hechos consumados, lo que asimismo le producirá gran desgaste. Todo lo cual no haría sino confirmar aquel cínico diagnóstico del gran Iulio Andreotti: el poder desgasta sobre todo a quien no lo tiene.