¿Quién no ha sufrido alguna vez una decepción al abrir la puerta de la habitación del hotel que con tanta ilusión había reservado tiempo antes de las vacaciones? ¿Cuántos no han torcido el gesto al verse obligados a rascarse el bolsillo para pagar el agua o el vino en las comidas o en las cenas cuando pensaban que viajaban con todo incluido? Cabrían más reflexiones amargas sobre viajes concebidos para el disfrute y que, en ocasiones, se han convertido en piedras en el zapato, pero lo mejor es no lamerse las heridas e informarse antes para evitar que las vacaciones se recuerden más por lo que faltó que por lo que hubo de bueno.