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Miércoles, 31 de mayo de 2006
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El síndrome del Vaticano
LOS tiempos están cambiando en un pequeño Estado en el

corazón de Roma. Pero viran hacia el aturdimiento. El Papa Benedicto XVI ha puesto en duda la solvencia de su Dios y, por extensión, la legitimidad de una trayectoria ideológica de más de dos mil años. Según la fe católica, cuando el Obispo de Roma habla es infalible por el solo hecho de haber sido elegido inspirado por la divinidad, y ese precepto indiscutible provoca que de su boca emane la verdad con irrefutable acogida para ese sector del cristianismo.

Hace un par de días, Ratzinger estuvo en el campo de concentración de Auschwitz. Durante la visita, el nuevo Papa se cuestionaba cómo fue posible que Dios mirase hacia otro lado mientras los legítimos representantes del pueblo alemán aniquilaban allí a más de un millón de judíos. Literalmente, se interrogaba el jefe espiritual de la Iglesia Católica dónde estaba Dios en aquellos días, por qué calló, cómo pudo tolerar ese exceso de destrucción, ese triunfo del mal, cuestionando de ese modo su existencia. No faltará quien conteste a las palabras de Ratzinger con el manido aserto de que 'Él' lo quiso así y que aquellos sacrificados tifoideos provenientes del gueto de Varsovia eran criaturas que afrontaban ese destino desconocedores del amparo que Dios tenía reservado para ellos allende la estratosfera, más allá de la ruta del transbordador espacial, y de cuyas almas no hemos tenido más noticias que las cifras de las estadísticas elaboradas por el inapelable peso de la Historia en aquellos días de transcurso inconcebible: en total, sucumbieron más de seis millones de hebreos en los campos de exterminio.

Desde los años sesenta, comenzó a circular un torrente de acusaciones en torno a la complicidad de la Iglesia con los planes de Hitler y que, como el tiempo demostró, eran más producto de la conmoción que de la cruda impotencia a la que se vio sometida la jerarquía católica para afrontar aquella desbordante ola de horror, críticas todas ellas focalizadas en el entonces Papa Pío XII, a quien ungieron torticeramente como antisemita recalcitrante. De hecho, el tiempo demostró que el Vaticano hizo lo que pudo y salvó las vidas de más de cien mil judíos italianos. Y ese gesto tan humano como sincero fue reconocido por el Gran Rabino de Israel en su momento. Ahora, Benedicto XVI quiere prorratear la culpa de la Shoa (Holocausto). La contradicción de su discurso en el complejo Auschwitz-Birkenau tiene difícil encaje. Sostiene que, no obstante, no podemos escrutar el secreto de 'el Altísimo', del que solamente vemos retazos, y nos equivocamos al querer erigirnos en jueces de Dios y de la Historia (!), equiparando estos dos términos como si en realidad fueran una especie de gemelos virtuales. No obstante, es obligado recordar que el entonces joven Ratzinger era miembro de las Juventudes Hitlerianas, cuyos vehementes miembros se paseaban altivos por el gueto polaco disparando contra las ventanas de aquel lugar insalubre donde languidecían hacinadas 600.000 almas y pateando los cadáveres que yacían en las calles. Pero este afortunado alemán exculpa a su pueblo, desconocedor de lo que estaba sucediendo, atenazado por el miedo a los nazis, según él.

El hoy Papa ejerció antes de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera de la Santa Inquisición que, entre otras actividades, se dedicaba a quemar en la hoguera a los judíos españoles que rehusaron abandonar la península y que, en nombre de Dios, cercenó la vida de, entre otros, una gran parte de mis antepasados. Por todo ello, esa fórmula que airea Benedicto XVI de acomodar la Historia y la tarea de Dios en el foro de un campo de exterminio da que pensar. Es como si, de pronto, el Papa quisiera destituir a Dios y redibujar la esperpéntica singladura de la especie humana de la que, al parecer, forma parte.

Cuando fue coronado padre del catolicismo bajo la inabarcable sombra de Juan Pablo II, daba la sensación de que no había roto un solo plato; ahora, asistimos al renacimiento de una nueva forma de hacer iglesia, sabemos que es un hombre de ideas claras que los tiempos no pueden enmascarar. Hace un par de años, Ratzinger hizo un trazado de su visión de un gueto moderno. «El ingreso de Turquía en la UE sería antihistórico y sería mejor que ese país hiciese de puente entre Europa y el mundo árabe o forme su continente cultural junto con ese mundo.» Sobran más palabras.



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