Matuso, el jardinero que cultivaba plataneros y mangos en la hacienda que sus padres poseían en la comarca dominicana de San Francisco de Macorís, se acercó al pequeño Porfirio, le ofreció un trozo de cacao y le susurró al oído: «Esto es bueno para la verga. Te la endurece. Tú vas a usarla mucho. Así que come, chamaquito, que te va a hacer falta». Años más tarde, con pantalones cortos pero asomando ya la adolescencia, se plantó delante de su padre y le soltó: «¿Qué debo hacer para enamorar a una dama?». Pedro María Rubirosa, un general reconvertido en diplomático y destinado al París de la Primera Guerra Mundial, le aconsejó: «Nada seduce más a una mujer que hacerla sentir como si fuese la única del mundo. Sé un tipo simpático y no te apresures en tocarlas. Y que no noten tus verdaderas intenciones. Ellas lo saben, pero no les gusta que se lo demuestres», recuerda el escritor Jaime Royo-Villanova en 'El último playboy' (Espejo de Tinta).