Por fin en Cracovia se ha visto y palpado una emoción colectiva por la llegada del Papa, después de la tibieza que dominó los primeros dos días de visita en Varsovia, encima estropeados por la lluvia. A diferencia de la soledad absoluta que reinaba por la noche en las calles de la capital polaca, la del viernes en Cracovia era un hervidero de excursiones de jóvenes guiados por curas, hileras de scouts u otras organizaciones juveniles de uniforme con guitarras y pancartas, decenas de grupos de monjas con gafas, frailes con mochila y familias de todo tipo pertrechadas de banderitas vaticanas. Toda una movilización general. La excitación y las prisas podían ser las que preceden la inminente aparición de un ídolo del rock y la hermosa plaza del Mercado estaba a reventar solo porque Benedicto XVI se iba a asomar a saludar desde el Palacio Arzobispal, como hacía Juan Pablo II. Cracovia estaba acostumbrada a repetir estos rituales periódicamente -fueron nueve viajes de Wojtyla a Polonia- y lo ha repetido con Ratzinger.