LA precampaña electoral, como siempre, se ha adelantado. Los señores políticos empiezan ya a situarse en la foto. Saben que el que no sale no existe. Y el que no existe pasa a la reserva, inactiva en muchos casos, especialmente aquellos que no tienen oficio ni saben hacer algo de provecho. De esos hay más de uno, y los pobres, cuando llegan estas fechas, sufren. La política es su hábitat natural, incluido sueldo, coche oficial y reconocimiento social. Ahora se desasosiegan y recurren al codazo, la declaración interesada, la puesta en marcha de dosieres comprometidos y el indecoroso ejercicio del todo vale.
Los señores políticos se enfadan mucho cuando salen a la luz sospechas sobre ellos; sospechas, hay que decirlo, que sacan otros señores políticos. Normalmente, de otro partido político, aunque no siempre, que también hay informaciones interesadas producto de íntimos del mismo partido. Es el tiempo, por tanto, de los medios informativos, que deben escudriñar entre la intoxicación y la verdad.
Los señores políticos afectados se suelen enfadar, en muchos casos con el mensajero, olvidándose de que la suciedad procede de su mundo político, de ese magma de intereses que se cruzan en las cloacas. A más de un señor político le gusta andar en el filo de la navaja de la legalidad, y se sorprende cuando alguien pregunta qué hay de esto y que fue aquello. Los que tienen la conciencia tranquila saben que nada mejor en estos casos que abrir todas las ventanas para que se vea que por ahí el aire corre limpio.
Los hermanos pequeños de Marbella (o mayores), que tienen visos de aflorar en más de un ayuntamiento, van a ser el pan nuestro de cada día de aquí a las autonómicas y municipales del 2007. Lo de Arroyo de la Encomienda en Valladolid, con fondos de razón y sinrazón, que eso se verá, o deberá verse, no es más que el principio. Los señores políticos, unos, para un lado, y otros, para otro, no pararán. Los votos son sagrados, y tienen un precio. Por eso lucharán sin piedad. La democracia ha generado estos gladiadores modernos, capaces de inmolarse en el circo político por la victoria. O sea, su vida.
Todos, los señores políticos también, tienen derecho a ser reconocidos como ciudadanos ejemplares. Muchos lo son. Pero otros, no. Especialmente los que en lugar de acudir a los juzgados a presentar denuncias contra los corruptos se dedican a poner en marcha el ventilador en el momento que a ellos les interesa. Eso se llama jugar sucio. Eso es utilizar la democracia torticeramente. Ese es un camino propio de gentezuela sin escrúpulos, que si gobierna no lo será con mi voto. El ciudadano asiste a este circo romano mientras da vítores al emperador y se anda con cuidado, no termine en el foso con las fieras.