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Sábado, 20 de mayo de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
CRÓNICA DEL MANICOMIO
Jerarquías
NO hace mucho, una paciente paranoica se quejaba de que en la vida todo el mundo se siente subordinado y tiene a alguien por encima. Se puede objetar que la idea es un tópico, y que cualquiera, sin necesidad de recurrir a testimonios patológicos, puede llegar a una conclusión parecida. Pero este tipo de evidencias generales, pese al sentido común que las protege, son a menudo equívocas. Porque también puede tratarse simplemente de que uno necesita someterse. El enigma, entonces, descansa en la sospecha de que no sabemos vivir sin un amo a quien obedecer y, en justa réplica, sin un subalterno a quien dominar.

Si acaso, lo que aún está por decidir es conocer qué es lo que en el fondo nos atrae más, si el gusto de servir o la inseparable pasión de sojuzgar. Quizá sea imposible separar el gusto de dar órdenes del placer de acatarlas. No sin motivo se ha repetido muchas veces que no necesita obedecer quien no quiere mandar.

La interrogación apunta al núcleo de nuestra naturaleza. La explicación en torno a por qué se ensalzan los fascismos y se encumbra a los dictadores, guarda a buen recaudo su secreto. El hecho es irreductible y comparece en todos los momentos de la historia: desde La Boètie en el siglo XVI, sin necesidad de ir más lejos, cuando lamenta la «servidumbre voluntaria» de los hombres, a la doliente consideración de Primo Levi en Auschwitz, cuando se convence de lo poco que cabe esperar de sus compañeros de cautiverio: «La instauración automática y fatal de una jerarquía entre las víctimas es un hecho sobre el que no se ha razonado lo suficiente; en el hecho de que en todas partes exista el prisionero que hace carrera a costa de sus compañeros».

Por otra parte, lo que Hannah Arendt reconoce como «banalidad del mal», esto es, la sencilla llaneza de los torturadores, tiene que estar relacionada obligatoriamente con un ambiente de tiranía que convierte a todos en rebeldes o en aspirantes a dictadores, sin posible neutralidad. Quien no se rebela contra un dictador puede acabar obedeciendo las órdenes más inhumanas con absoluta normalidad.

Es probable que estemos ante uno de los puntos morales más candentes del hombre. De ser así, convendría ir cambiando la naturaleza del pecado original y, en vez de cifrar todo en el desnudo y la metáfora de la manzana, ir pensando en la alegoría del trono como causa de los males de la humanidad. El ansia de propiedad y mando parece estar muy por encima de las pequeñas cosas del sexo, a las que muchas veces se atribuye una folletinesca maldad. Empieza a ser una opinión dominante que las palabras 'tuyo' y 'mío' son las más peligrosas del vocabulario. Lo dijo Cervantes, en boca de su héroe, y también Rousseau, cuando a la hora de poner fin a la bondad natural del hombre no dudó en señalar, como causa principal, el momento en que un hombre, tras trazar una raya en el suelo, gritó que aquello era de su propiedad.

Buenos ejemplos de pasión jerárquica les encontramos también en este hospital que nos da de comer. Foderé, un psiquiatra francés del siglo XIX, que ejerció en Marsella como pudo hacerlo en cualquier otro lugar, nos presta este testimonio irreprochable: «Un bello físico, es decir, un físico noble y varonil, es quizá una de las primeras condiciones para tener éxito en nuestra profesión. Es indispensable para imponerse a los locos. Cabellos castaños o blanqueados por la edad, ojos vivos, una compostura fiera, miembros y pecho anunciando fuerza y salud, rasgos prominentes, una voz fuerte y expresiva: tales son las formas que en general causan un gran efecto sobre los individuos que se creen por encima de los demás».



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