Dan Brown afirma en el preámbulo de 'El código Da Vinci' que «todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces». Sus críticos dicen que no es así. En febrero del 2004, Laura Miller sentenció en 'La burla Da Vinci', un artículo publicado en 'The New York Times', que «el material de 'no ficción'» de la obra tiene «aversión a la autenticidad». La periodista francesa Marie-France Etchegoin y el filósofo y sociólogo Frédéric Lenoir acusan a Brown en 'El código Da Vinci: la investigación' (RBA, 2005), de «mencionar hechos reales, pero deformar su sentido, 'retorcerlos' en cierto modo, para ajustarlos a la trama novelesca» y, encima, presentarlos en la nota previa como ciertos. Michael y Verónica Haag sentencian en 'El código Da Vinci al descubierto' (Ediciones B, 2005), que la obra «no contiene más verdad que la que se encuentra en las ficciones de Tom Clancy o Terry Pratchett, o en las de J.K. Rowling y su mundo de Hogwarts». ¿Es para tanto?