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Sábado, 13 de mayo de 2006
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Sebastián Castella exhibe su valor, falla con la espada y pone carísimo San Isidro
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Plaza: Las Ventas. Madrid. 3ª de San Isidro. Ganadería: Cinco toros de Domingo Hernández, cuatro con el hierro de Garcigrande y el cuarto, con el titular, y uno de José Luis Pereda (quinto). Toreros: El Fandi, saludos y silencio; Sebastián Castella, oreja y ovación tras dos avisos; El Capea, que confirmó la alternativa, división al saludar y silencio. Entrada: Lleno.


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A ninguno de sus dos toros lo mató por arriba Sebastián Castella. Sí por derecho. Pero se le fue la mano con el tercero de corrida y, con ella, una de las dos orejas que iban a premiar la faena. A los bajos se le fue también la estocada que no bastó para tumbar a un temible quinto.

La corrida o el espectáculo estuvo donde estuvo Castella. Donde se puso, que fue en terrenos imposibles, inaccesibles, de insuperable compromiso. Exhibición de valor absolutamente espeluznante. Pasmosos el encaje, la entrega, el ajuste, los nervios de acero y la sangre fría del torero de Béziers. Generoso derroche: dos faenas completas, abundantes y densas en los medios, y cumplidas ahí de principio a fin. Tan así que caro pagó Castella el gesto de atacar con la espada sin intentar siquiera cerrar a los toros un mínimo razonable.

La demostración

La apabullante demostración no se hizo esperar. Salió en su turno a quitar en el primer toro de El Fandi, se echó el capote a la espalda y se pasó al toro tan cerca tan cerca en seis lances que a El Fandi no le quedó otra que salir a replicar. O a intentarlo. Y sin éxito. Castella mató por delante un tercero de corrida, de Garcigrande, y luego, en quinto lugar, uno de Pereda, ese toro incierto y cornalón que en el arreón final hizo hilo con el banderillero Manolo Molina y estuvo a punto de atravesarlo por la espalda. La faena del toro de Garcigrande fue primorosa. Espectacular la manera de embraguetarse Castella, de tocar y de sacar los brazos, la firmeza para ligar sin ceder un milímetro. Muy mimado en los vuelos, suavemente prendido, el toro se rindió al ritmo de esa faena que fue puro temple. Enroscado, el toro acabó tomando el engaño a cámara lenta. Eso produjo clamor inmenso. El lazo de seis muletazos, por abajo o por alto, que siguió al del alarde fue anuncio del ritmo que traía la cosa toda. Toreo de alto nivel. Bien dicho, además.

Lo demás, quedó en segundo plano. El Fandi no se templó en la muleta ni con el extraordinario segundo ni con un quinto mansurrón. El Capea confirmó la alternativa con seria disposición. Templado con su primero, algo envarado con el sexto.



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