FIELES al placer de contradecirnos, los laicos aprovechamos los templos para rescatar un tiempo de silencio y poner a punto los músculos de la moral. Si no nos molestan mucho las imágenes o el ruido fervoroso de los rezos, las iglesias nos prestan un reducto incomparable de meditación y soledad.
Pues bien, si usted ha entrado en la Antigua en pos de su espíritu y, tras darse buen un repaso de conciencia, se siente a gusto consigo mismo y dispuesto a lograr el premio de una satisfacción estética que ponga la guinda a su tranquilidad, haga lo que le digo: salga despacio, camine hacia unos pinos que quedan a la derecha, pare bajo su sombra y dirija la vista a la Catedral.
Pocas escenas son comparables a esta que el pasado le ofrece gratuitamente. Pues, a espaldas de la fachada y de la nave principal, crece un complejo arquitectónico irregular e insólito que nunca deja de asombrar. En rigor, para observarle con justeza hay que empezar por olvidar. Olvidar la imagen de la fachada, que está de sobra y poco tiene que decir ante lo que acabamos de contemplar. Olvidar la irreverente torre octogonal y la aparatosa escultura que la corona, que no es corazón de nada ni de nadie, sino una simple víscera de fealdad. Olvidar el horripilante edificio que queda a su derecha, que puede llegarle a intimidar si no gira la cabeza un poco hacia la izquierda, forzando el escorzo, para eludir su mueca visual. Si ha alcanzado todos estos requisitos, vendrá hacia sus ojos, como sin querer, la mejor imagen del recuerdo que ofrece la historia de la ciudad.
Todos los monumentos son un documento de la memoria y un testimonio del olvido, pero el de la Catedral vallisoletana, al menos desde este ángulo privilegiado que propongo, tiene las características de una explosión mental. Los volúmenes de distintas épocas se superponen y acumulan como luchando entre sí en busca de la luz y del reconocimiento de las viandantes conciencias. Restos góticos, ventanas románicas, arcos intemporales que no han llegado a definir el estilo, muros de piedra apenas desbastada entreverados con otros de ladrillo, balcones de hierro tras los que ha desaparecido la puerta original, ventanales que iluminan alguna dependencia abandonada y secreta. Y hasta hace unos días, antes de que bajo la excusa del progreso el impulso arboricida del castellano los arrancara de cuajo, crecían, en confusa unión con los sillares, un conjunto bien desarrollado de pinos, magnolios, ailantos y una hiedra espectacular. Todo un grupo escultórico vegetal que elevaba el edificio a la categoría de ruina, por ser siempre las ruinas una encrucijada indolente de la cultura y la naturaleza.
Cuando Leonardo Sciascia, el célebre escritor siciliano, pasó por Valladolid en su época de brigadista, se admiró de su belleza y la comparó nada menos que con Siena, lo que nos hace pensar, si no dudamos del buen gusto del autor de 'Las parroquias de Regalpetra', que el destrozo urbanístico ha sido mayor de lo que suponemos. Y entre los recovecos de la ciudad, Sciascia destacó por su sobrio esplendor el lado oeste de la Catedral, ese que se continúa directamente con la protuberancia memorística que les propongo admirar. Es de suponer que Sciascia, heroico miliciano, voluntario internacional en la mejor de las causas, estaba atacado de nostalgia. Y cuando uno quiere recordar y prefiere sufrir el doloroso placer de la memoria, nada mejor que recurrir a esta visión privilegiada a orillas de la Antigua, porque nos procura una alegoría inmejorable de la lucha desesperada que se dirime entre el recuerdo y el olvido de la verdad.