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Sábado, 13 de mayo de 2006
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El sueño de los biocombustibles
LA energía es el factor limitador del crecimiento económico y su uso desmedido es la causa próxima de numerosas patologías ambientales. Tradicionalmente, en el sistema de la agricultura sedentaria, las cadenas tróficas están supeditadas a la producción de la especie cultivada, que puede utilizarse directamente por el hombre, actuando como herbívoro, o bien sirve de alimento a los fitófagos para obtener a continuación un rendimiento proteínico. La disponibilidad de energía relativamente barata en las naciones industrializadas ha fomentado la orientación hacia economías basadas en la energía, que han ido sustituyendo a las sustentadas en el trabajo. De este modo la agricultura se ha industrializado, al reemplazar las labores que antes hacía el hombre ayudado por animales de carga, por máquinas que funcionan con combustibles fósiles. Los altos rendimientos de la agricultura intensiva se consiguen, por tanto, al precio de grandes subsidios energéticos.

En esta coyuntura, el balance del contenido energético de la cosecha respecto a la energía consumida en la producción, puede volverse negativo para muchos de los alimentos de los países industrializados. Un cómputo negativo es asumible para cubrir una necesidad básica, como es la alimentación humana (por ejemplo, la necesidad de alimentos con proteínas animales y vitaminas esenciales como el pescado, que tiene un alto coste energético). Discutiremos aquí lo que puede ocurrir cuando cultivamos productos agrícolas para ser utilizados como combustible.

Los biocombustibles se obtienen a partir de los cultivos denominados agroenergéticos: el biodiésel, procedente de semillas de plantas oleaginosas, y el bioetanol, derivado de los cereales, remolacha y otros. La pregunta que surge en primer lugar es si realmente ahorran combustibles fósiles, es decir, si la producción de biocombustibles superará al consumo de derivados del petróleo, ya que existen grandes controversias sobre los resultados de su balance energético final (los tractores que hacen las labores, ¿utilizan exclusivamente biodiésel?). No se debe obviar tampoco que los cultivos energéticos compiten por la tierra que produce alimentos. Por último es necesario valorar si los biocombustibles generan gases más contaminantes que el CO2 (que fue fijado por los vegetales ancestrales durante amplios períodos geológicos y está siendo restituido a la atmósfera demasiado rápidamente cuando quemamos el petróleo y el carbón); en concreto debemos conocer si la combustión del bioetanol libera acetaldehído y formaldehído, de conocidas propiedades cancerígenas.

Un planteamiento completamente diferente y de gran interés, es el aprovechamiento de los subproductos agrícolas provenientes de cultivos empleados para la alimentación. Esta fuente energética, conocida como 'energía de la biomasa', aprovecha residuos agrícolas de desecho y desde hace años se presentan como la opción más sensata. Existe una propuesta de la Universidad de Valladolid para la utilización energética de la paja de los cereales en Castilla y León que, como le suele ocurrir a muchas ideas locales valiosas huérfanas del aval y la parafernalia de una multinacional, descansa en algún polvoriento estante administrativo desde 1984. Para eliminar los excedentes de paja se ha quemado literalmente la tierra en numerosas comarcas. ¿Cuanto humo en el campo y daños al suelo provocados por la quema de rastrojos -tan contaminante y despilfarradora- se hubieran evitado? ¿Qué volumen de ahorro en petróleo hubiera propiciado su aprovechamiento energético?

En Castilla y León debería apostarse con fuerza por los productos ecológicos, que reducen el consumo de herbicidas y pesticidas, muy dañinos para el suelo y la salud, y tienen un amplio mercado potencial tanto interno como externo. Pero esto requiere perseguir la calidad en lugar de la cantidad y sortear de alguna manera a la poderosa y bien implantada industria agroquímica.

La actitud dominante del hombre respecto a la naturaleza ha sido la de obtener la máxima ganancia y considerar la riqueza material como la meta natural y adecuada de su actividad. Las interacciones ambientales sobre las granjas son hoy en día controladas en gran parte por factores económicos a corto plazo, pero una ojeada a los ciclos de nutrientes nos dan un indicio de que debe prestarse más atención a las consideraciones ecológicas a largo plazo, incluyendo la conservación de los recursos no renovables, como el suelo, y el consumo de energía limpia.

En la actualidad las palabras que llevan el prefijo 'bio' parecen infundidas de un marchamo de salud ambiental. Cualquier proyecto encaminado a solucionar el problema agrícola-ambiental provocado por la crisis energética y dirigido hacia el uso de energías alternativas limpias deben ser acogido con interés, pero obligadamente ha de venir avalado por estudios serios sobre su viabilidad y sus efectos económicos y ambientales en todas las escalas y acompañado de programas de ahorro energético y concienciación social, evitando explícitamente las invitaciones a consumir más. Es urgente solucionar la crisis remolachera, pero la construcción de nuevas plantas de procesamiento de biocombustible, propuesta oficialmente y abanderada por algún sindicato agrario, tal vez embaucado por ensoñaciones o cantos de sirena, resulta precipitada. Todavía queda por demostrar que los biocombustibles, con la excepción de la energía de la biomasa, sean beneficiosos para la economía e inocuos para el medio ambiente. En este trance, sería deseable que la intención final no sea la de introducir un nuevo cultivo 'comodín» para mantener a los agricultores ocupados, en detrimento de otros objetivos más ambiciosos y sostenibles que dirijan al sector hacia alimentos de calidad.



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