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Sábado, 13 de mayo de 2006
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La crispación bate un récord
TRASLADAN nuestros diputados al Congreso la crispación de la calle o intentan que la calle se contagie de la crispación del Congreso? En la ya larga tradición parlamentaria europea -británica, escandinava y francesa-, los enzarzamientos dialécticos y la sonoridad de los pateos, los gritos y los insultos no son episodios excepcionales, ni la escenificación sarcástica de determinadas situaciones. Algo de excepcional si tuvo anteayer la premeditada actitud del Grupo Popular contra el ministro Alonso, que acudía al Congreso para que el envío de un refuerzo de 150 soldados a Afganistán recibiera autorización legislativa.

Los diputados y diputadas del PP organizaron un alboroto de mayor cuantía, y su compañero Martínez Pujalte, especialista en exasperar a sus adversarios sin reparar en medios, fue expulsado del hemiciclo por el presidente de la cámara, Manuel Marín, que también se sintió exasperado y aplicó el reglamento tras varias advertencias de que estaba dispuesto a aplicarlo. La expulsión de un diputado no había sucedido nunca en las casi tres décadas de nuestra democracia, pero tampoco había desatendido, menospreciado y desconsiderado un legislador hasta ese momento de tal forma a la Presidencia de Las Cortes ni un grupo parlamentario había intentando tan denodada y estruendosamente la suspensión de un pleno.

A la pregunta que inicia estas líneas se responde desde la misma calle, donde la crispación social no existe, salvo en reducidos espacios con tensiones municipales, por lo que difícilmente algo inexistente podría verse reflejado en la crispación del parlamento. Y el hecho suficientemente comprobado de que en los años de más alta crispación política -1993/96 y 2004/06- no saltó la crispación del Parlamento a la calle anima a suponer que el episodio de la Cámara Baja lo ha observado la sociedad española como a esos capiporrazos en que se enzarzan en el madrileño parque de El Retiro, y en tantos otros lugares de España, los muñecos de guiñol ambulante.

Sería lícito pensar que la voladura del Gobierno tripartito de Cataluña, la combinación teóricamente más progresista que podría formarse con las actuales ofertas ideológicas, y el enredo que de esa voladura se deriva suponen un fracaso político del que solo el ámbito conservador va a beneficiarse. Y aunque CiU es la formación más supuestamente agraciada, el PP estaría viendo que él también puede lucrarse, al contemplar la situación de Cataluña desde el pedestal de sus cuatro millones de formas antiestatutarias.

Y desde un optimismo renacido por las adversidades ajenas, el PP estaría viendo aproximarse sus expectativas electorales a las del PSOE, por lo que parece dispuesto a iniciar a partir de ahora doce meses de campaña electoral, pero muy a la brava. El miércoles, y en la sesión de control al Gobierno, el Grupo Popular va a rociar al banco azul de preguntas monotemáticas relacionadas con el 'caso Bono', saldado provisionalmente con una sentencia que el PP considera como el acta de defunción del ministro Alonso, ministro del Interior cuando unos policías detuvieron a dos militantes populares.

Es posible que al asunto se le acabe la cuerda este miércoles, pues la Fiscalía de la Audiencia de Madrid va a recurrirla ante el Tribunal Supremo, y si este órgano judicial la anulase, sea por infracción de ley o por error en la apreciación de las pruebas, volvería el PP a quedarse mirando otro juguete roto.



Vocento