El cuerpo del pentapléjico Lucas S. (el pseudónimo que sus allegados han pedido mantener para preservar su verdadera identidad) fue incinerado ayer por la tarde en la más absoluta intimidad en el crematorio del Tanatorio San José, donde fue trasladado desde el Instituto de Medicina Legal al mediodía. Sin velatorio, funeral o ceremonias, «como a él le hubiera gustado», el artista -escribía, pintaba y hacía esculturas- «se llevó consigo todo lo que sabía, que era mucho», lamentó Miguel Ángel, un amigo de la víctima.
Tanto él como Mercedes, una amiga de la infancia, coincidieron en señalar que lo ocurrido «era lo que él quería» y «lo que quiso que pasara desde que se produjo el accidente». Este fue un siniestro doméstico «tonto», una caída en casa, que en el 2000 le produjo una lesión medular, asociada a un grave problema pulmonar, que le postró en una silla de ruedas. «No murió en el momento y fue una terrible desgracia para él», recuerda Miguel Ángel.
Su amigo insiste en que el supuesto suicidio 'asistido' de Lucas S. es «una salida natural para una persona condenada a reducir su mundo a una silla de ruedas, un respirador artificial y un ordenador y a la que lo único que le funcionaba bien era el coco para poder decir que no a la vida artificial que estaba llevando».
'Morir dignamente'
Su más que discreta incineración no evitará sin embargo que su nombre, o quizás el de su álter ego Lucas S., se sume al de Ramón Sampedro y al de otros muchos enfermos terminales reflejados en la web de la asociación Derecho a Morir Dignamente de la que el fallecido era socio. Sus socios esperan que «este final elegido contribuya al reconocimiento del «derecho a morir dignamente».