Aunque su apellido sea Ojeda, la estética de Colmenares es aún de zona de montaña, con calles empinadas y resbaladizas por la humedad, con prados verdes, una explotación de vacuno a la entrada, unas cuantas gallinas merodeando por las calles, y unos riscos y peñascos con formas singulares que dan la bienvenida.
Sin embargo, quizás no sea esta estampa la que más llame la atención. Su riqueza monumental o artística y su arquitectura civil o popular merecen una mención.
La iglesia parroquial de San Fructuoso Mártir alberga en su interior una de las joyas del románico de la provincia: una pila bautismal con figuras en relieve que representan en varias escenas el ritual católico del Bautismo y de la Resurrección.
El paseo se completa por el casco urbano, admirando casonas de hidalgos de los siglos XVI y XVII que lucen escudos de armas de familias y mayorazgos.