EL Gobierno, los sindicatos y las patronales han cerrado, tras una negociación de casi dos años, un acuerdo sobre la deseada reforma del mercado laboral. Aunque los detalles completos no se conocerán hasta su presentación en La Moncloa el martes, se sabe que la intención del documento es luchar contra la temporalidad promoviendo incentivos a la contratación indefinida con bonificaciones, fundamentalmente a los empresarios. La reforma y los niveles de ayuda que contempla están divididos según grupos sociales -mujeres en general, víctimas de maltrato, mayores de 45 años, discapacitados, jóvenes, excluidos sociales- y la situación laboral en la que se encuentren: sin empleo previo, parados, parados de larga duración, temporales, indefinidos y subcontrataciones. Además, se implantará un plan de choque contra la temporalidad de tres años de duración.
En virtud de todos los aspectos que contempla, es de esperar que esta reforma cubra un amplísimo campo del mercado laboral. Lo evidente es que el Ejecutivo ha decidido no bajar los impuestos a los empresarios, sino premiar a los 'contratadores' que se ajusten a las nuevas normas. Aún así, y a pesar del nuevo gasto público que supondrá, el acuerdo es un buen paso del Gobierno que incluye, además, reformas cualitativas largamente necesitadas, tales como las que se refieren al trabajo a tiempo parcial o las que se ocupan de las condiciones laborales en las subcontratas. Hay, no obstante, una lectura delicada. Si bien el énfasis se pone en la lucha contra los contratos temporales, nuestro mercado laboral ha ido ganando flexibilidad, precisamente, por la temporalidad y, aunque hay que recalcar que esta ha sido exagerada por parte de los empresarios, es cierto que la flexibilidad debe fundarse en el abaratamiento del despido -como hace esta reforma- mucho más que en la incertidumbre de los contratos con vencimiento a plazo fijo. Seguramente, las ventajas de esta flexibilización, como todas las anteriores, se verán a largo plazo y diluidas en el tiempo, pero no cabe duda de que es un paso en la dirección correcta en un proceso largo que habrá que ir haciendo avanzar. Ahora no se debe olvidar que el crecimiento depende no solo del número de trabajadores activos, sino de la cantidad y calidad de maquinaria, herramientas y conocimientos para manejarlas con que cada uno trabaja. Ahí está el siguiente paso.
Derrota y reajuste
La amplia victoria de los conservadores en las elecciones municipales del Reino Unido ha confirmado los malos presagios anunciados para el laborismo de Tony Blair, cuyo Gobierno acusaba ya un fuerte desgaste al que tampoco es ajeno el desplome de la popularidad de su primer ministro. El instinto político de Blair ha hecho, no obstante, que no perdiese ni un minuto en anunciar una remodelación de su Gabinete, reducida pero de gran calado, en un intento de retomar la iniciativa y frenar la caída en las encuestas. La pérdida de 18 importantes municipios y de 263 concejales, sin alcanzar el hundimiento absoluto del laborismo que anunciaban algunos sondeos, ha encendido las señales de alarma en un partido que ve cómo el joven líder conservador, David Cameron, con un 40% de votos, se perfila como estimable alternativa de gobierno.
La caída de Straw, uno de los rostros del Gabinete más asociados a la participación de Reino Unido en la guerra de Irak pero también más leales a Blair, confirma la necesidad del 'premier' británico de soltar lastre a toda costa en ese cada vez más espinoso terreno. Por su parte, el nuevo ministro de Interior, John Reid, antes titular de Defensa, que releva al incompetente Charles Clarke, deberá gestionar uno de los asuntos más delicados que tiene entre manos el Gobierno, acusado de buscar el voto de la extrema derecha con la propuesta legislativa para expulsar a todos los extranjeros que cometan un delito castigado con pena de cárcel. Blair ha enviado señales de cambio muy claras con la creación de un Ministerio para Europa, adjudicado a un hombre de mucho peso político, lo que indica su extremado interés por la UE y su consolidación; aunque la promoción a Defensa de Browne, considerado muy cercano a Gordon Brown, sucesor seguro de Blair, centra la atención en una fecha, la del anunciado relevo, que sigue siendo un misterio y una de las cartas que por derecho propio el actual primer ministro, que es también líder del partido, pondrá sobre la mesa cuando crea conveniente.