EN nuestros tiempos es frecuente alardear de carácter democrático, tolerancia y espíritu liberal, pero presumo que un personaje como el Marqués de Sade sería hoy amordazado y perseguido con una saña más incandescente y tenaz que la sufrida en su época (1740-1814). Probablemente, el artífice de una frase como la que sigue: «Me atrevo a asegurar que el incesto debería ser la ley de todo gobierno cuyo fundamento descanse en la fraternidad», no encontraría medio de comunicación donde publicarla, y de hacerlo a sus expensas o en algún blog a la deriva, correría más de un riesgo personal. Quien propuso que «el más pequeño acto de religión por parte alguien, cualquiera que sea, debe ser castigado con la muerte», desde luego no tiene un hueco de voz en nuestra sociedad.
Sin duda, hay razones suficientes para considerar a Sade un bellaco, un crápula capaz de reducir al hombre a una máquina de placer desechable. Sin embargo, también es cierto que posee una grandeza innegable. ¿Difícil de localizar?: sin duda, pero que acaso se esconda en una defensa desesperada del absolutismo de la libertad frente al de la realidad, de los bienes del libertinaje frente a los excesos de la autoridad. Una fuerza intensa, con vocación de nobleza, que en un momento de tensión desesperada le permitió sostener que «la idea de Dios es el único error que no le puedo perdonar al hombre».
Sade no es solo el autor que ha dado nombre a una estrategia de placer singular, o el escritor capaz de imaginar a un hombre que copuló con los tres hijos que tenía de su madre, entre los cuales había una muchacha a quien había hecho casar con un hijo, de modo que al copular con ella, él copulaba con su hermana, su hija y su nuera, y que obligaba a su hijo a copular con su hermana y su suegra. Ni es alguien dominado simplemente por una pasión efervescente tan poderosa que le exigía inventar escenas donde las tropelías se acumulaban en sumas que superan toda imaginación, como cuando relata la historia de un libertino que, para reunir el incesto, el adulterio, la sodomía y el sacrilegio en un mismo acto, coloca una hostia en el culo de su hija recién casada. Como digo, Sade no es solo un malvado insolente que se cree capaz de experimentar placeres nuevos e inventar vicios inéditos, sino que también es un precursor, alguien capaz de descorrer escenas ocultas en el corazón y el pensamiento de los hombres.
La importancia de Sade como heraldo de la modernidad proviene de haber inventado un discurso nuevo y radical, paradójico hasta los límites de la coherencia y la provocación, como cuando afirma: «Dicen que usted es rica, señora. Pues bien, en ese caso necesito pagarle: si usted fuera pobre yo le robaría». De manera que a Sade se le han atribuido distintas innovaciones que han tenido su peso en nuestro pensamiento. Una, desde luego, introducir el desorden del deseo en un mundo dominado por el orden y la clasificación. Otra, desnudar el deseo de prohibiciones externas para dejarnos ver los códigos y limitaciones que posee en su propio interior, sin necesidad de recurrir a proscripciones ajenas. Y una tercera, porque al redactar su obra en prisión, empujado por la sola necesidad interior de escribir, se convierte en el fundador de la literatura moderna.
A quien defendió que todo es bueno cuando es excesivo, le cuadra bien el jugoso diagnóstico de 'demencia libertina' que le asignaron durante su ingreso en el asilo de Charenton. Pues, si bien no descubrió ningún placer ni vicio nuevo, dando la razón a la imposibilidad que ya sostuvo Epicuro, al menos inventó una nueva forma de locura.