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Hombres lobos y otros locos
DICE Canesi en su 'Historia de Valladolid', hablando del cementerio exterior de Santa María la Antigua, sito hacia la Puerta Triste de la colegiata de Santa María la Mayor, que por los años de 1659 era atendido por la Cofradía de Esgueva: «Continuó esta ilustre cofradía bienhechora de las ánimas que mueren en el hospital de Santa María la Real de Esgueva enterrándoles por más de cinco siglos en este campo o promontorio que coge ahora la circunferencia del cementerio; y por haber sucedido que los perros descubrían los cuerpos y huesos y otras indecencias, determinó la piedad cristiana y el celo de los parroquianos, a su costa, cercarle en la forma que hoy está, con sus verjas de hierro, a vista de una imagen preciosa de lienzo con una reja y celosía delante de Nuestra Señora de la Soledad o del Refugio y de los Tres Reyes».

No era raro ver en aquellos tiempos perros desenterrando cadáveres en los cementerios para comérselos, como se comían a los niños abandonados a las puertas de las iglesias si los de la Cofradía de los Expósitos de San José no andaban vivos. No era raro aunque nos produzca dentera. Así sucedía y la mayoría miraba para abajo y pasaba de largo.

Y no solamente los perros, también un tipo de locos citados por los médicos desde la Grecia Clásica, que han dado origen en el Viejo Mundo a historias terribles de hombres lobos, licántropos y 'loup-garous'. Porque lo que hoy es un animal u hombre fabuloso, en la Edad Media y todavía en el Renacimiento era un simple paciente de una forma específica de locura, la afección mental del que se creía lobo, como después hubo quienes se creyeron Napoleón y hoy puede haber quien se crea Rajoy o Zapatero, que la demencia no conoce límites.

Una enfermedad mental que en Valladolid tuvo un estudioso nombrado Alonso de Santa Cruz, hijo de Pablos de Santa Cruz, médico de Carlos V y caballero de Santiago, hermano del licenciado Duarte de Santa Cruz, protomédico y médico de Su Majestad, y padre de Antonio Ponce de Santa Cruz, médico -como no podía ser menos- de Felipe III y Felipe IV y abad de Covarrubias, al meterse fraile por haber enviudado pronto y sin hijos.

Alonso, que vivió frente al monasterio de San Benito, escribió hacia 1569 una monografía que tituló 'Diagnóstico y curación de los afectos melancólicos', en la que, en un recorrido por las formas de expresión de la enfermedad mental en el Siglo de Oro, describe, precisamente, una 'insania lupina' como caso real tratado por él en París: «Cierto hombre que tenía cerca de treinta años. Había sido nutrido con bebida y alimento craso y agreste, y había caído en profunda melancolía, de tal modo que noche y día buscaba las soledades. De noche casi siempre daba vueltas por barrios y plazas de la ciudad; al llegar el día andaba por los campos y los lugares más escondidos. Este hombre estaba tan afectado que cada noche se le encontraba en algún cementerio suspirando con voz chillona y lamentable y llamando a los muertos Fue apresado por el gobernador de la ciudad y permaneció algún tiempo atado, en un hospicio de pobres. Allí me hice cargo de él ».

Tiene que ser París porque Alonso de Santa Cruz, sacados sus años de estudios, vivió en la villa de Valladolid y no en la ciudad de Valladolid -el título fue concedido a la del Pisuerga por Felipe II en enero de 1596- y porque la ciudad en la que Alonso se inició en el oficio de sanar fue la del Sena, como declara en su 'Segunda Observación', la del hombre que se creía de vidrio: «En primer lugar, en la Academia Parisina, cierto preceptor mío, hombre insigne en esta arte nuestra, tenía a su cuidado a un melancólico muy ilustre. Este hombre pensaba que era un vaso de vidrio ».

Efectivamente, el 'Licenciado Vidriera' del Miguel de Cervantes que acaba de despedirse hasta el próximo centenario hace escasos días. Una historia tan parecida que los cervantistas creen que Alonso de Santa Cruz pudo muy bien haber sido el inspirador de la novela ejemplar. Que 'El Licenciado Vidriera' pudo muy bien haberse escrito en Valladolid.

Porque en Valladolid don Miguel se relacionó íntimamente con algunos de los más afamados médicos locales, más que porque su padre hubiese sido del oficio -cirujano de la última fila del escalafón-, porque escribían versos y por lo visto buenos; fueron Pedro de Soria o Sanz de Soria, Francisco Martínez Polo y, quizás, Antonio Ponce de Santa Cruz, el hijo de Alonso.

Alonso. Otro de los médicos renacentistas ilustres que los vallisoletanos desconocemos. Recomendar el uso del stibium en los tratamientos a la manera de los 'novatores' o renovadores de la medicina centroeuropeos no valió para que se conservase memoria de su sepultura en San Benito.

Cosas de locos. Risa y llanto. Demócrito y Heráclito, el que «siendo viejecillo deploraba en lágrimas las miserias y calamidades de todos, amaba la soledad, vivía de manera sucia y sórdida; por ello escribió cosas oscuras y confusas: contrajo la hidropesía y se alejó de esta vida». Para que no fuésemos Heráclitos escribió, con la mayor claridad que supo, el doctor Santa Cruz.



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