Desde el 2000, y tras sufrir una caída, el pentapléjico Lucas S. vivía porque cada tres segundos un respirador artificial bombea oxígeno entubado a la tráquea de su cuerpo inmóvil. En enero del 2005, en una entrevista concedida a EL NORTE, reclamó su derecho a morir. «Soy un ejemplo de vida artificial», sujeta a penurias físicas y psíquicas, decía. Imposibilitado para suicidarse, reclamó ayuda, incluso por Internet, para morir. El caso de Ramón Sampedro, al que una amiga desconecto del mundo, traslado a la sociedad un problema que la dividió entre los que, al amparo de su fe, ponen su final en las manos de Dios y aquellos que reclaman para el hombre el derecho a decidir su final. Si el cuerpo responde al cerebro no cuesta demasiado juzgar la vida ajena. Lo ocurrido en la calle General Almirante de Valladolid, si el deceso fue natural o inducido, es investigado por la policía.