Cuando Pierre de Coubertin puso en marcha los Juegos Olímpicos modernos creía realmente que la sociedad puede mejorarse a través de la práctica deportiva. El francés no pensaba en el márquetin ni en los millones que genera un espectáculo deportivo bien gestionado por unos clubes que cada día se parecen más a empresas y olvidan el llamado espíritu olímpico. Tal vez, los únicos que han conservado intacta la llama olímpica son los deportistas paralímpicos, que mantienen viva el alma de Pierre de Coubertin con su capacidad de superación.