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Lunes, 1 de mayo de 2006
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LA víspera suele ser más divertida que la fiesta. Por eso se dice que el mejor momento del amor es el de subir las escaleras. También lo saben los perros, que mueven el rabo cuando esperan que se les eche comida y no cuando comen. La víspera en la que estamos desmiente la regla. Lo que ahora se aguarda es una nueva versión de la guerra de Irak.

La ONU denuncia que Irán ha acelerado su programa nuclear y Bush sigue siendo el mismo y advierte que el mundo está «unido y preocupado». Es una forma de decir que si Teherán no respeta la exclusiva y construye armas nucleares, podrá ser minuciosamente machacado. Una cosa es dejarles que lleven turbante y otra que jueguen con plutonio.

Aumentan las manifestaciones en Nueva York contra la invasión de Irak, basada en la mentira, pero no sólo en eso, sino en la contabilidad. Las guerras no son ni buenas, ni bonitas, ni baratas, sino malas, feas y carísimas.

Los gastos totales del conflicto iraquí superan los 250.000 millones de dólares, desbordando todos los presupuestos, incluso el de los muertos que se presuponían. ¿Cómo meterse en otra? Está claro que la experiencia, en todo caso, puede ser individual, pero las colectividades nunca la adquieren. Las naciones jamás aprenden. Puede que la historia sea la maestra de la vida, pero da lo mismo porque no tiene discípulos.

Al fondo de todo está la laguna negra del petróleo. Lo vamos a tener crudo cuando el barril, que avanza imparablemente hacia los 75 dólares prosiga su avance y llegue a los 100, según la profecía de caudillito venezolano Hugo Chávez. Nuestro móvil compatriota Rodrigo Rato, que siempre nos advierte sobre cosas que todos sabemos, dice que el alto precio no va a ser «cosa pasajera».



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