HACE ya bastante tiempo que uno se dio cuenta del absurdo error que cometió en su juventud al no prestar más atención a los números, del analfabetismo técnico y matemático que arrastra por la vida. Es, sin duda, uno de las cosas que remediaría si esto tuviera marcha atrás, si el tiempo nos concediera una segunda oportunidad. Después, he tratado de paliar esa tremenda carencia que me impide ayudar a un niño de 15 o 16 años en sus deberes de matemáticas, interesándome un poco por la Ciencia, tratando de ver -desde una lejanía remota, mi conocimiento impide que me acerque más- por dónde van los tiros.
Los científicos dicen cosas curiosas, ciertamente sorprendentes. Ignoro si ustedes saben que los viajes en el tiempo han dejado de ser una hipótesis loca y descabellada y que hay mentes privilegiadas, hombres brillantes, serios científicos que ya trabajan en esa posibilidad. Ni siquiera parece extraordinariamente complicado visitar el futuro, teóricamente hoy ya es posible hacerlo.
Otro asunto bien diferente es regresar al pasado. Para ello, aseguran -Kip Thorpe, el propio Hawking- sería necesario superar la velocidad de la luz, lo que parece imposible hoy por hoy. Quién sabe si mañana, en alguna región del espacio o en algún laboratorio, se consiga que una partícula vaya más deprisa, supere esa barrera actualmente infranqueable.
Qué curioso: ese tiempo que nos crea y nos moldea, al que constantemente volvemos con la memoria, con el arte, con la palabra, con la religión nos está prohibido. Pero -y ya voy llegando a donde me proponía- ese tiempo está hecho únicamente de tiempo. Por alguna razón, atribuimos a ese pasado todo lo negativo -por más que algunos aseguren que en nuestro inconsciente está grabada la imagen de una Arcadia feliz- y toda regresión tiene implícita una carga de pesimismo y negatividad. Ignoro por qué el hombre supone que avanzar en los años, discurrir por esa línea recta con la que representamos el tiempo, es bueno, positivo.
Naturalmente que no somos tan estúpidos y sabemos que el futuro está lleno de trampas (la mayor de todas ellas es nuestra propia muerte), pero, en general, siempre nos mostramos optimistas, como si alguien, mediante algún desconocido contrato, nos asegurara que no vamos a perder lo ya conseguido. Esa ciega confianza parece únicamente restringida al destino de la especie: por lo que respecta a nuestra suerte personal, somos más pesimistas, mucho menos confiados.
Es más que posible que ese temor que me asalta cada vez más a menudo provenga de mis antepasados campesinos, de las hambres que mis genes recuerdan, de la incertidumbre que acompañó al ser humano -y sigue haciéndolo, el mundo es mucho más grande que este pedacito de tierra privilegiada en donde vivimos- durante cientos de miles de años. A lo mejor ese miedo es absolutamente infundado y sea casi imposible que algún día entremos en una regresión que nos arrebate la democracia, la libertad, la prosperidad, el pan, el trabajo, la risa El lujo, el gran bienestar del que hoy disfrutamos. Quién sabe, tal vez nuestros políticos tengan el contrato que garantiza todo eso guardado bajo siete llaves y las tonterías que hagamos resulten inofensivas. A menudo aparecen signos muy negativos: sube el petróleo hasta límites insoportables, las grandes empresas buscan mano de obra más barata y abandonan este primer mundo, al que vuelven como vendedores, nos embarcamos en fanatismos religiosos o políticos, especulamos hasta el asombro con algo tan vital como la vivienda Pero nuestra confianza ciega no decae, como si, cada vez que surge el arco iris, con la promesa del no diluvio se nos renovara la de la prosperidad.
Pero no es cierto, esto puede venirse abajo estrepitosamente. No es nuestro convencimiento o esperanza lo que mantiene el futuro, sino el trabajo y las medidas que tomemos para que así sea. Claro está que no hablo de conservar, que mis palabras no tienen ni el más leve matiz conservador si las contemplamos desde el punto de vista político o, incluso, sociológico. Pienso todo lo contrario: que tendríamos que arriesgar más para preservar un mañana tan gozoso, al menos, como este hoy que disfrutamos.
Tengo la inquietante sensación de que muchas cosas que suceden en esta España actual no son un buen cimiento sobre el que sostener el edificio para que aguante muchos años. Y cuando escribo España no pienso más que en personas -esa es mi patria, está hecha de gente y de recuerdos. Otros tendrán otra-, personas que comprenden muy bien dónde quieren llevarlas unos y otros. Pero que no nos vendan modernidades que no son tales, que las razones que más se oyen son viejas como el mundo y han fracasado muchas veces.
Yo propongo a los políticos un experimento revolucionario: im-pedir que se nos presente ese pasado que los científicos niegan pero que la Historia nos recuerda constantemente. Por decirlo llanamente: somos expertos en cagarla. Juramentémonos para que no suceda, que el pasado más negro solo esté en los libros, en el cofre de la memoria y no salte a los documentos políticos en forma de normativa actual.
Y esto es todo lo que quería contarles de Ciencia y de viajes en el tiempo.