El problema de fondo del Evangelio de Judas es que de rebote reaviva un escándalo capital subyacente a nuestra cultura. Porque, aparte de Judas, y por más que se afirme en abstracto que «no hay que hacer el mal para que venga el bien», el hecho es que el Nuevo Testamento se basa en el sacrificio del inocente para salvar al mundo culpable. Hoy cambia no solo la cantidad, sino la calidad, y se justifica que mueran 17 inocentes por si con ello se hubiera podido matar a un culpable de Al Qaida, o que perezcan decenas de miles de iraquíes para prevenir atentados a muchos menos estadounidenses. Y no se trata solo de Bush, o de EE. UU.: el bienestar y la paz social interna del Hemisferio Norte justifican también en Europa las guerras y muertes por hambre del Sur. Una oportuna religiosidad, una divinidad hecha 'a imagen y semejanza' del pueblo elegido 'occidental' vuelve a permitir, como en tiempos de Yahvé, el genocidio de los pueblos paganos, acusados ya entonces de ser 'el eje del mal'. Y los que medran titulándose discípulos de Jesús, con mayor fe que Judas en el valor redentor del sacrificio... ajeno, son los más fieles colaboradores de los poderosos beneficiarios de ese sistema que sacraliza el sacrificio de los inocentes.