ESTO de vivir en el Estado del bienestar, el habernos integrado tan decididamente en el de los ricos que es Europa, nos ha hecho perder la memoria de lo que tradicionalmente fuimos y hemos sido desde el llamado Siglo de Oro hasta hace cuatro días, hasta lo que suele denominarse la posguerra.
El lío de las nacionalidades no es más que un busilis de base económica. En Francia y en otros países las poblaciones diferenciadas se han desdibujado y perdido en gran parte porque los que ejercían el poder central -véase París- eran ricos y los distintos eran pobres, así los vascos y los catalanes franceses han ocultado tradicionalmente su acento y han procurado hablar el lenguaje del imperio para no pasar por lo que aquí llamaríamos 'paletos'. Aquí en cambio, siempre diferentes, al menos eso decía Fraga, y contrariamente a lo que sucedía alrededor, la detentadora del símbolo del poder, la España central, ha sobrevivido desde el siglo XVIII mucho más pobremente que la España periférica -aquellos chicarrones del Norte y aquellos viajantes catalanes- y como raro es que un rico se rebaje a adoptar lenguajes y usos de menesterosos, raza -supuesta-, lengua y folclore se han sublimado como etiquetas de superioridad, de cultura y de fortuna, diferenciales de un entorno atrasado y lastimoso.
Porque, no nos engañemos, aquí se ha padecido mucha miseria. Vendría bien a quienes tienen menos de cincuenta años leer lo que se escribió en una Memoria sobre Valladolid en 1894 y en el apartado 'Obreros y pobres, su alimentación y vivienda'.
Dice así: «Además de los operarios de las industrias indicadas y de los del ferrocarril del Norte, existen gran número de braceros, que aumentan en las épocas de invierno, por la escasez de trabajo y de medios de subsistencia en la región que rodea a la capital. Clasificados estos conforme a lo que la ley determina, es decir todo aquel que percibe menos de dos pesetas diarias de jornal, existen, según la estadística de la sección correspondiente en las oficinas municipales, cerca de 3.500 -población de Valladolid entonces: 58.093 habitantes- que reciben la asistencia médica y farmacéutica domiciliaria.
En los meses de diciembre, enero y febrero el excelentísimo Ayuntamiento con objeto de socorrer a tantos infelices, que carecen de los principales medios de vida, abre lo que aquí se llama 'trabajos del Plus', cuyos jornales son de cinco reales, cuatro y tres, para los adultos, viejos y jóvenes respectivamente, dando trabajo a 1.000 o 1.200 cada día y renovando semanalmente para que dicho jornal alcance al mayor número.
La alimentación del obrero guarda relación con el número de individuos de su familia y las épocas del año, siendo para ellos la peor estación la del invierno. Consiste generalmente en el pan, como base principal, legumbres y verduras, a las que añaden poquísimas cantidades de aceite -paradójicamente, ya que lo que nos están describiendo es precisamente la tan cacareada 'dieta mediterránea' que ha hecho que Castilla y León sea en estos momentos una de las regiones del planeta con más elevada esperanza de vida- o sustancias grasas para su condimento, y vino, que siempre tratan de tener, aunque no tanto como fuera su deseo.
De sustancias animales como carnes y pescados, poquísima cantidad o nula, por su elevado precio. La alimentación indicada es en general de buena calidad pero insuficiente.
La Tienda Asilo, inaugurada hace ocho años, próximamente, es sostenida con alguna subvención de la corporación popular, gran número de limosnas y los diez céntimos que pagan por ración. Consiste esta en 120 gramos de pan, una ración de sopa y otra de cocido perfectamente condimentado, algo que pocos obreros pueden comer en su casa; sin embargo el número de raciones que se despachan, una a las doce y otra a las siete de la tarde, apenas exceden de 300, número exiguo en relación al número de pobres de la ciudad.
Pueden incluirse en la clase pobre, gran número de chicos sin oficio y sin familia, vagos de profesión -el equivalente de los actuales 'meninos da rua' de Sao Paulo, Santiago de Chile y Buenos Aires- y aprendices de rateros y ladrones, sobre los que las autoridades habrían de tomar ciertas medidas. Existen también niños y chicos cuyo oficio, espontáneo o impuesto por sus padres, consiste en la obligación de llevar a diario una cantidad determinada. Las malísimas condiciones higiénicas de unos y otros y las enfermedades que en ocasiones pueden transportar, merecen algún cuidado.
La vivienda del obrero o jornalero reside por lo general en los barrios de la ciudad y en las afueras de la misma, su precio mensual es por término medio de cinco a siete pesetas, su instalación en pisos bajos cuya entrada, para seis, ocho o diez familias, se verifica por corrales no de muy buenas condiciones, por tener casi siempre el sumidero que sirve para toda la vecindad; la habitación se compone para las clases más humildes y de menos recursos -un 10% de la población total- de un vestíbulo de unos cuatro metros de lado, o sea diez y seis metros cuadrados, una cocina más pequeña en superficie y un dormitorio, como la primera habitación, para una o dos camas; la altura de techo de dos metros y medio aproximadamente». Siguen los pobres de solemnidad, los que piden por la calle.