Felipe de Habsburgo, hijo de Isabel de Portugal y del emperador Carlos V, tiene una actitud grave y ensimismada en un retrato de mármol blanco con alguna veta gris realizado por un escultor italiano del que se desconoce su nombre hacia 1550. De esta manera, el autor quiso transmitir la impresión de alejamiento y serenidad que confería la majestad. El busto refleja además el carácter hermético, desconfiado y reservado del entonces príncipe heredero, así como el autodominio, control y disciplina que demostraba en público. Es, por tanto, la imagen de un político ambicioso y agresivo, tal y como el futuro rey fue en su juventud.