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Sábado, 22 de abril de 2006
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Veinte años
Veinte años
Niños durante una actuación. / A. DE TORRE
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PARECE que fue ayer pero en realidad ocurrió hace veinte años. Como dice Santiago Trancón en su presentación, hace dos décadas los títeres de medio mundo fueron convocados a una reunión clandestina, a una asamblea secreta durante la que se acordó institucionalizar una cita primaveral en Segovia para mostrar a los incrédulos de lo que eran capaces los seres de guante e hilos.

Hace 20 años surgió Titirimundi como una ensoñación aventurera, como una patera con la misión de cruzar el Índico partiendo desde la meseta castellana. Fue toda una osadía que a pesar de los avatares alcanzó la mayoría de edad y ahora está en esa juventud espléndida con el grado justo de madurez mental y plenas facultades físicas. Con la presente edición se conmemora una fecha tan redonda sin grandes fuegos artificiales, como es propio de la modestia titiritera; tantos años recibiendo el calificativo de arte menor que al final se lo han creído, y no levantan la voz por si acaso. Mejor así, porque los fastos no casan con los teatrillos, y ya se sabe que si se hicieran grandes actos las medallas siempre se las colocarían los mismos, aquellos a los que les han hecho falta unos cuantos años de consolidación y unas cuantas incursiones en la herida para empezar a creer en el misterio.

El festival se encuentra en una etapa feliz que sin embargo no asegura por sí sola su continuidad. Es necesario, aunque parezca mentira vistas las prisas por adquirir las entradas en la venta anticipada, vistas las colas que se forman a las puertas de los escenarios, seguir creando nuevos públicos enganchados a los títeres.

Cada año hay segovianos que descubren la magia de este arte, quizá porque un día tonto se quedan en San Martín distraídos ante las evoluciones de un pianista de trapo, por ejemplo, y entonces les pica la curiosidad y empiezan a devorar el programa, de un patio a otro para no perderse mucho. En este vigésimo aniversario seguro que se producirán más caídas del caballo como ésta, espectadores ganados después de ver la luz.

Por otra parte, la ciudad está patas arriba, forma que el protocolo considera del todo inadecuada para que un anfitrión reciba a sus invitados, y es de esperar que las zanjas a lo Gallardón, las excavadoras y los tubos de saneamiento den un respiro al festival para que se desarrolle con relativa calma. San Ildefonso, el municipio, es experto en esto de recibir visitantes ilustres: les pasea por los jardines, les enseña el palacio, les regala un juego de copas de vino y se van tan contentos. Pues eso tendremos que hacer nosotros con las compañías, tratarlas como se hace con los embajadores.

Quién sabe si algún día la inauguración de Titirimundi podrá tener lugar bajo el altísimo techo del renovado teatro Cervantes, a lo grande y con un millar de espectadores en butacas y palcos, si es que el alcalde y el delegado territorial dejan de jugar a la sogatira y si es que la providencia consigue dar al inmueble un uso eminentemente cultural. Su rehabilitación, curiosamente, aparece con menor rango que el propio festival en los documentos de priorizaciones del Plan Estratégico, donde ha sido muy bien considerados tanto su poder de atracción de visitantes como su capacidad para convertirse en imagen de marca de Segovia.



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