PARA algunos lo escrito no es nada más que una duplicación del lenguaje, mientras que al lenguaje, por su parte, lo consideran como un doble de la realidad a la que imita. Otros, en cambio, piensan que se trata de dimensiones incompatibles y distintas, pues ni el lenguaje coincide con lo real ni el documento es una simple trascripción de palabras oídas, por lo que se animan a defender una dimensión específica tanto del habla como de la escritura, convencidos de que existen cosas que solo pueden vivir en el lenguaje y discursos que únicamente entre las letras de un texto adquieren ciudadanía.
A esta discusión tradicional sobre las relaciones entre la realidad, el lenguaje y la escritura, ha venido a sumarse ahora la complicación de otra realidad emergente y distinta: la televisiva. Se ha convertido en un lugar común sostener que nada existe ya de modo pleno si no ha comparecido antes en el televisor. La pantalla, hoy en día, interviene como una rúbrica de autenticidad que provee de un sentido hiperreal a todo cuanto sucede. Nada existe, entendido en cierto sentido social, si no ha sido exhibido antes de este modo electrónico y virtual. Y algo así debe suceder ciertamente si nos fiamos del testimonio de los enfermos, pues pocos son los psicóticos que prestan sus oídos al televisor. En general, se muestran indiferentes o huyen de él por identificarlo con un aparato que les roba o les impone pensamientos contra su voluntad, haciendo gala de este modo de una incompatibilidad imprevista para quienes viven ociosos, a solas con sus ideas durante casi todo el día.
Pero, por otra parte, el rechazo psicótico es rotundamente lógico. Los enfermos mentales son genéricamente definidos como aquellos sujetos que han perdido la realidad, por lo que no es de extrañar que se avengan mal con la dosis masiva que se cuela en todas las casas a través de ese trasto, que a su juicio, y al de otros muchos ciudadanos sensatos, posee algo más de sustancia infernal que de alimento saludable e informativo.
Un ejemplo evidente acerca de la fuerza general del sustrato imaginario lo tenemos también en la fotografía. Pues con ella nos comportamos como luego lo hacemos ante la evidencia televisiva. Sentimos que la televisión aporta verdad a los hechos por el mismo procedimiento con que fotografiamos compulsivamente una escena humana, un monumento o un paisaje apenas los tenemos delante de nosotros. Anteponemos el valor de la foto a cualquier visión directa, como si fuera más necesaria la fotografía que la contemplación feliz de lo que vemos. Probablemente, a esta prontitud de fotógrafo nos mueva el sentimiento de que, sin la capacidad para reproducir la imagen, victoriosa sobre la ausencia, y ofrecérsela a alguien como si fueran ruinas instantáneas y artificiales, la realidad resulta inexistente y muerta. Disfrutamos con lo que vemos siempre que el otro pueda ratificar más tarde, ante la copia, el placer que sentimos. Todo debe ser mostrado a alguien para que el placer adquiera autenticidad. La fuerza de la imagen descansa, más que en su contenido, en el hecho de que los demás también puedan verla.
Los historiadores de la escritura cuentan que, en sus primeros momentos, el hecho de estar escrito se bastaba por sí mismo para obtener el rango de verdadero. 'Está escrito', se decía, para poner fin a cualquier duda. Y algo parecido parece estarnos sucediendo con la hiperrealidad televisiva. Cabe pensar que quizá estemos dando aún los primeros pasos, como sucedió en los inicios de la escritura, y toda la realidad que concentra el televisor no responda nada más que a un periodo naciente e infantil de idolatría.