LA conmemoración del Día de la Comunidad tiene este año suficiente número de circunstancias favorables desde la reflexión política como para ser un punto de partida, más que de llegada. La firma estampada por el PP en el Manifiesto de Villalar junto a colectivos sindicales, agrarios, vecinales, partidos de la oposición y empresarios cierra una etapa de casi tres décadas, presidida por la discrepancia, de notable tensión en numerosos momentos, que muy poco -por no decir nada- ha ayudado a construir un espacio de diálogo que, sin estar exento de la diferencia de criterios, haya permitido avanzar en el autogobierno y en la madurez autonómica a la velocidad necesaria. Posiblemente era la última oportunidad que tenían los políticos en los próximos años para cerrar viejas heridas en Castilla y León. Y era la última porque, precisamente, las aguas electorales bajarán el año que viene lo suficientemente revueltas como para no faciliatr acuerdos de calado político con el fin de el PP no estuviese en el único espacio de diálogo conocido en esta región en el que faltaba su presencia. Sería un ejercicio injustificado de cinismo no reconocer el papel de los otros firmantes, que en los dos últimos años han contribuido a asentar todos los aspectos que giran en torno al Manifiesto de Villalar y, de esta forma, abrir la puerta al PP, que gobierna desde hace 19 años en Castilla y León, para que rubricase el texto.
Solo ese clima de acuerdo, con cesiones de unos y otros, puede justificar lo que si no es casi injustificable, sí es incomprensible: el hecho de que el primer manifiesto del consenso que reúne en torno a Villalar de los Comuneros a todas las fuerzas políticas, sociales, sindicales y económicas haya tenido tan poco fuste en cuanto al principal asunto político que ocupa a la comunidad autónoma, la reforma del Estatuto de Autonomía. Dando por sentado que Castilla y León aspira al máximo techo competencial que le permita la Constitución, lo más normal es que quienes tienen que abordar ese proceso de modificación de la principal norma institucional traten de pegarla lo máximo posible al terreno propio, al que pisan a diario casi dos millones y medio de ciudadanos. Y eso implica abordar aspectos como la despoblación, la dispersión, el envejecimiento, la falta de recursos para financiar las competencias en igualdad de circunstancias a las de los territorios más poblados. De ahí que lo mejor en este 2006 sea recibir la fiesta de Villalar, el Día de la Comunidad, como el punto de arranque de un proceso que tiene que derivar, forzosamente, en la confección de un Estatuto de Autonomía ajustado de la primera a la última palabra a las necesidades de todos y cada uno de los ciudadanos de Castilla y León, de todos y cada uno de sus territorios y, por qué no, de todas y cada una de sus ambiciones y esperanzas en un Estado que atraviesa por un momento salpicado constantemente de altibajos y sobresaltos producto de las reivindicaciones autonomistas.
Es, por tanto, más necesario que nunca que el consenso que se ha alcanzado para el Manifiesto de Villalar se convierta en todo un símbolo a mantener durante esa reforma estatutaria. Un símbolo de lo que llega, porque el Estatuto no es solo de los partidos, ni solo de los sindicatos, ni solo de los movimientos sociales, sino que lo es de todos; en tanto en cuanto que representantes de los ciudadanos, el Estatuto de Autonomía pertenece por igual a todos y las aspiraciones comunes deben estar recogidas en él. Si hasta ahora se ha modificado el Estatuto para gestionar desde Castilla y León la Sanidad, la educación, los servicios sociales y decenas de competencias más, tal vez ha llegado el momento de aspirar al escaso resto de materias que faltan, de la que el agua es la más importante, y tratar de que el texto de finitivo refleje lo que es Castilla y León a través de sus principios básicos, los que respaldan el diario discurrir de la actividad económica, social, cultural y ciudadana de sus habitantes.
Flaco favor habrán hecho a la sociedad los firmantes del Manifiesto de Villalar si no tratan de mantener ese espíritu de consenso en los próximos meses. Y flaco favor se habrán hecho los partidos, los sindicatos, las organizaciones agrarias y los movimientos vecinales firmantes de ese documento de consenso después del notable esfuerzo que todos por igual, todos, han desarrollado en los últimos años para aparecer ante la sociedad como un todo único, con principios comunes que defender, en el momento en el que la comunidad celebra su día más especial.