Ningún otro planeta, ni siquiera el nuestro, atesora tal cantidad de alegorías poéticas. Los romanos le dedicaron el nombre de la diosa del amor y la belleza; los pueblos de Mesopotamia lo identificaron con Astarté e Ishtar, sus deidades más carnales; para los anglosajones es 'la estrella de la mañana', y 'el lucero del alba' en castellano castizo.
Visto desde la Tierra, Venus, su vecino más cercano, es el planeta más brillante, el primero que alumbra la noche y el último cuya luz se desvanece al amanecer. Es también el más parecido a la Tierra en términos geológicos, similares ambos en masa y peso, y diametralmente opuestos en lo atmosférico. Porque detrás de tanto epíteto bello se oculta una cara muy oscura. Venus es el averno para la vida humana. Si alguna vez hubo agua líquida en Venus, hoy ya no. Las temperaturas en superficie lo convierten en un horno de 500 grados Celsius, la presión es 90 veces superior a la de la Tierra, y el dióxido de carbono emponzoña su atmósfera cubierta por una densa capa de nubes con partículas de ácido sulfúrico.