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Miércoles, 12 de abril de 2006
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Adelantado de Indiana
Adelantado de Indiana
Estado actual del Cervantes. / A. DE TORRE
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BAJO el evocador título de 'El Adelantado de Indiana', circula por la red una estupenda e-revista imputable a Mayrata, Sanz, Moreno, Municio, de la Torre, es decir, el equipo poético habitual. Y para muestra, un fascinante artículo: 'Las matemáticas y el Acueducto de Segovia', de Capi Corrales, donde se da cuenta del filosófico debate entre la autora, Mazariegos y Guardans al respecto de si el acueducto se hizo con números (Mazariegos-Guardans) o más bien a ojo y a lo 'mecagüen' (Corrales).

Se admiten apuestas, pero de momento, la señora Corrales gana por paliza en su defensa del buen cubero. El Acueducto se hizo sin calculista, a pelo, sin trigonometría ni mecánica de fluidos. A lo sumo, el romano que lo perpetró disponía de una 'libella', un tira-ángulos gigante en forma de A. Se apoyan las patas sobre el terreno, el travesaño es móvil, así que con una plomada puedes calcular la nivelación de una manera más o menos intuitiva. Evidentemente, alguna suma hubo que hacer, pero para el partido del no está claro que ni las dimensiones, ni las cotas, ni la hidráulica, ni las tensiones de carga partieron de un cálculo previo. La forma del Acueducto no fue deducida a partir de una forma preconcebida, surgió como respuesta sobre el terreno al problema de cómo acarreo agua del punto x al y.

Para algunos, resultará inquietante saber que nuestro icono, además de sostenerse en vilo sin más argamasa que la presión de piedra contra piedra, careció de arquitecto y se hizo a lo mecagüen. Pero precisamente en eso, pienso yo, reside su secular solidez.

Supongan que Domiciano, en lugar de encargarle la obra a un máster por la facultad del andamio (convenientemente motivado, eso sí, con la crucifixión pública en caso de desmorone), se lo hubiera encomendado a los técnicos de la Junta o del Ayuntamiento, incapaces aún hoy de ponerse de acuerdo sobre si el Cervantes supera o no el volumen edificable. Si tal fuera, los segovianos del siglo I hubieran disfrutado de unos emocionantes espectáculos circenses (arquitecto a la parrilla e ingeniero a la pantera), pero lo que es agua, no tendrían. Y eso que, a diferencia de Domiciano, nuestros técnicos tienen láser, gps, calculadoras, satélites que aportan fotos, y una ristra de funcionarios por encima y por debajo que no la tuvo la Tarraconensis ni en su época de mayor esplendor. Pero ni aún así.

Las matemáticas son exactas «salvo buen fin», que es lo que pone en el resguardo cuando ingresas euros por el cajero. Es decir, si tu consideras que estás metiendo 200 euros y la Caja cuenta 100, ya puedes echar ecuaciones, que no.

La cosa es que el Ayuntamiento dice que la ley le permite, en el caso del Cervantes, superar hasta el 30% el volumen edificable, por lo que Arahuetes esgrime que un incremento del 8% entra en lo tolerable. Al otro lado, Luciano Municio dice que él debe garantizar que la obra se ajusta al proyecto aprobado en su día, y si el proyecto mide x, la realidad autorizada no puede ser x+8%. Pero el alcalde parece dispuesto a arreglarlo todo en el juzgado. No está mal pensado. Así tenemos otros diez años parada la obra. Si eso pasa entre administraciones, no quiero ni pensar qué ocurre cuando un mal día te decides a rehabilitar la casa. Jesús qué cruz.



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