NO podía ser de otra forma. La barroca, caótica y confusa campaña electoral italiana ha tenido un desenlace digno de la misma. A pesar de que se han presentado a las elecciones varias decenas de partidos, solo dos coaliciones contaban con posibilidades de llegar al Gobierno, la Casa de las Libertades, encabezada por Silvio Berlusconi e integrada por formaciones políticas tan dispares como Forza Italia, Alianza Nacional, Liga Norte, Alternativa Social, Unión Democristiana, etcétera, y la Unión, liderada por Romano Prodi y de la que forman parte dieciséis partidos diferentes, tales como los Demócratas de Izquierda, la Margarita, la Rosa en el Puño, los Verdes, etcétera. Los últimos datos dan a Prodi, y a la coalición que representa, como vencedor en ambas Cámaras, lo que, sin duda alguna, ha tenido que decepcionar a un Silvio Berlusconi que había preparado una ley electoral a la carta para repetir mandato. Si a ello añadimos la escasa diferencia de votos entre las dos alternativas de poder, podemos deducir que el hasta ahora jefe de Gobierno tiene un futuro muy negro ya que parte de sus aliados deseaban una derrota suave para librarse de quien ya en las legislativas de 1994 fue también derrotado por Romano Prodi.
Los ciudadanos han decidido que el Gobierno de la tildada como alianza 'empresarial-clerical-fascista' sea sustituido por una heterogénea amalgama 'democrático-progresista'. Ha ganado la opción europeísta, antifascista, antirracista, no imperialista, moderadamente sindicalista, laicista, defensora de una justicia que impida fraudes, robos y expropiaciones, y conciliadora con los movimientos sociales y la sociedad civil. Prodi tiene por delante la ardua tarea de cumplir sus promesas de reducir el trabajo temporal, reintroducir el impuesto de sucesión para las rentas más altas y luchar contra la evasión fiscal, propuestas cercanas de su campaña electoral. Y, por otra parte, deberá diversificar su labor en cuatro frentes: el de la cultura democrática y los derechos cívicos (regeneración de la clase política), el político y democrático (movimientos sociales, ciudadanía activa y conflicto social), el de la recuperación y la reactivación económica, y, finalmente, el de la reestructuración del sistema industrial. Ardua tarea para una legislatura y para un país que necesita, al igual que otros de su entorno, un gran proyecto político, una clase política renovada, políticos valientes que tomen decisiones, reformas estructurales, inversión en investigación e infraestructuras, políticas para rebajar la mayor deuda pública de Europa (105%) y el déficit público (superior al 4%), paliar o eliminar la corrupción, recuperar la producción cultural, y todo tipo de medidas para salir del estancamiento económico, el declive del Estado de Bienestar y la subida de precios tras la implantación del euro.
El país está cansado y deteriorado por los escándalos de corrupción. Los italianos desconfían de una clase política que durante sesenta años ha propiciado, con sus trifulcas y desatinos, más de cincuenta gobiernos diferentes. La mayor amenaza que se cierne sobre Prodi y sus socios es el fantasma de una ingobernabilidad que de convertirse en realidad devolvería al país a la época de la Italia democristiana y a sus gobiernos técnicos o de unidad nacional. La democracia es lo suficientemente fuerte para no necesitar tabúes, pero también lo suficientemente frágil para ahogarse en una situación prolongada de desgobierno generalizado. Prodi tiene la responsabilidad de sacar a Italia del marasmo de su política fragmentada y permanentemente cuestionada. Los vencedores tienen la palabra y la posibilidad de cambiar la ya endémica situación italiana.