Aunque teme pecar de «atrevido», se enorgullece de haber alumbrado un nuevo movimiento dentro del arte -fruto del pacto entre su imaginación y sus conocimientos de delineación y pintura artística-, que ha bautizado como 'proyectismo'. Álvaro Crespo olió los acrílicos en casa de un tío suyo a los cinco años y nutre su trayectoria de premios, exposiciones, un sinnúmero de obras en lienzo y de esculturas.
-¿Ha patentado su estilo?
-Debería hacerlo, mucha gente me lo ha dicho. No me preocupa que lo copien, mis exposiciones son un referente en el tiempo y la gente que tiene obras mías sirven de testigo. De todas formas, no tengo un afán lucrativo en esta actividad.
-¿Por qué 'proyectismo'?
-Mis obras se basan en una proyección de líneas en el lienzo formando espacios que, con el color y la luz, crean objetos representados. Se trata de plasmar dobles intenciones, tales como el día y la noche, el sol y la luna o la tristeza y la alegría.Que sea el espectador quien perciba lo que él quiera. El uso de los colores complementarios, además, acentúa esos sentidos contrapuestos.
-¿También hay 'proyectismo' en sus esculturas?
-Aunque podría haberlo, este solamente se da en la pintura, sobre un plano. En la escultura también me gusta simbolizar dobles intenciones, jugar con las ilusiones ópticas, crear trabalenguas.
-Parece difícil para el espectador que no sabe que existen esas dobles intenciones comprender sus obras, ¿le molesta tener que explicarlas?
-Si se quiere comunicar algo, se tiene que hacer con la obra. Pero, si con esta sola no vale, se tiene que transmitir de palabra. Es un lenguaje.
-¿Le queda algún material por utilizar?
-Cualquiera sirve, los metales, la madera, la arcilla. Hasta un trozo de silicona.