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Sábado, 1 de abril de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
CRÓNICA DEL MANICOMIO
Melancólicos
CON el paso de los años, la imagen de las calles ha ido cambiando sin parar. Cambian los edificios, el pavimento, el arbolado, el modelo de los vehículos o el atuendo mismo de los paisanos. Pero también hay otros cambios, sutiles y profundos, que nos pasan desapercibidos hasta que de repente los desvelamos. El vigor de uno de estos me chocó el otro día cuando, rumbo a ninguna parte, atravesaba el paseo de Filipinos. De súbito, caí en la cuenta de que ya no se encuentran melancólicos por ningún sitio. El descubrimiento me pareció en aquel momento evidente, aunque también comprendo que en estas apreciaciones personales cabe demasiado subjetivismo.

Creo que antes había muchos más meditabundos que ahora perdidos por paseos y plazas. Un melancólico de calle, de estos a los que aludo, es una persona entrañable que permanece seria y recogida, quieta y sin hablar con nadie. No son solitarios en sentido estricto sino, más bien, sujetos que necesitan soledad y aislamiento temporal para ese imprescindible encuentro consigo mismo que, para algunas personas, sirve de alimento imprescindible. Entre estos antropófagos de su propio pensamiento les hay que para pensar y concentrarse necesitan un poco de ruido y agitación a su alrededor, por lo que aprovechan el alboroto tenue de la calle para abstraerse como si se ayudaran de un invisible escudo protector. Buscan por ese motivo un lugar no muy agitado de la urbe para replegarse en su interior, o se acodan callados y aparte en la barra de un bar como si se apoyaran sobre sí mismos.

Desde hace unos años -y en este asunto reconozco que las fechas no son importantes- echo de menos cruzarme con individuos absortos que permanecen parados en cualquier lugar, de esos que en su quietud me imagino mirando al vacío, a la oscuridad o a la belleza serena que esconden en lo más íntimo. Espíritus contemplativos que pierden la mirada en un infinito invisible que se prolonga ante ellos, como si observaran distraídos la quietud tersa de las aguas de un río particular. Porque una persona recogida y ensimismada me resulta a menudo la mejor escultura de la ciudad. Un canto a la ternura intelectual. Un monumento inesperado que posee la misma grandeza e indiferencia de que hacen gala las más bellas estatuas. Ajenos, como ellas, al presente que les rodea, viven un rato sumidos en otro tiempo y hacen de la tristeza de la vida un castillo sin quejas ni ambiciones.

La melancolía es una fuente de placeres delicados. Un espacio otoñal donde la alegría de las musas alterna con los asomos de la tristeza. Un estado de ánimo espiritual que ayuda a contemplar el mundo y a observar las cosas con la lentitud que adeudamos a todo cuanto vive. Pero la melancolía, como sabemos, también es peligrosa, pues puede transformarse pronto en tedio y abatimiento. Y ese peligro da muestras de haberse tornado muy agudo en esta baja modernidad que habitamos. Quizá ese sea el motivo de que los melancólicos felices ya no adornen las ciudades y hayan desaparecido del mobiliario humano de las calles como en su día lo hicieron el afilador, el trapero, el botijero o el guarda de la circulación que hacia de incipiente semáforo.

Quizá la ausencia de melancólicos provenga del temor a deprimirse. Todo lo melancólico suena hoy a miserable depresión que nos amenaza con su adusta rabia. Todo cuanto hacemos necesita enseguida el eco del alguien. Sin él vuelve la inquietud y la desesperanza. Así que ya nadie se detiene un rato por la calle por el simple gusto de melancolizarse y pensar las cosas hasta el final. Para dejar que la tristeza le invada con su alegría singular.



Vocento