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Viernes, 31 de marzo de 2006
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Primera anatomía en castellano
EL año 1551 salió del taller del impresor Sebastián Martínez, famoso entre otras cosas por haber sido antes que impresor criado de uno de los autores de 'best-sellers' de la España del siglo XVI, el obispo de Mondoñedo, don Alonso de Guevara, autor del 'Reloj de príncipes' y de las 'Epístolas familiares' entre otras obras de gran popularidad en el Siglo de Oro. Un escritor célebre que murió en Valladolid y fue enterrado en una capilla del desaparecido monasterio de San Francisco, de la que dice el historiador Antolínez: «Cerca de la sacristía con su claustro; es fábrica insigne, así por su traza y disposición costosa y elegante como porque su retablo es obra de Juan de Juni construyó esta capilla don fr. Antonio de Guevara Yace sepultado en la entrada de ella y murió año de 1545». Pues del taller de su antiguo criado, ahora impresor, nació un libro de larguísimo título: 'Libro de la Anathomía del hombre. Nuevamente compuesto por el doctor Bernardino Montaña de Monserrate, Médico de Su Majestad. Muy útil y necesario a los médicos y cirujanos que quieren ser perfectos en su arte, y apacible a los otros hombres discretos que huelgan -disfrutan- de saber los secretos de Naturaleza', etcétera. Lo firmaba, como se ve, un médico de Su Majestad llamado Bernardino Montaña de Monserrate, que lo dirigía a uno de sus nobles clientes, don Luís Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar.

El libro disfruta de la consideración de 'Autoridad' de la Lengua y del Diccionario de la Real Académica por ser, sin discusión, el primer libro de Anatomía en lengua castellana, anterior en algunos años a la 'Historia de la composición del cuerpo humano' del palentino, de Amusco, Juan Valverde, impresa en Roma el año 1556.

Muy poco es lo que puede averiguarse de Montaña en cualquier diccionario, excepto lo que cuenta de sí mismo, por ejemplo: «Así mismo el año de 1513, viniendo yo de camino para España, vi en Tolosa -Toulouse de Francia- un caballero con un apostema duro en la ingle ». Generalmente se le hace catalán, por lo de Monserrate, pero sin documento ninguno que fundamente dicha afirmación de naturaleza. Una paisanía, por cierto, que de demostrarse no dejaría de tener su aquel en estos tiempos: un catalán miembro destacado en la construcción del español moderno. Como anatomista no es muy valorado, tachándosele de anticuado, pero quizás es que él nunca intentó verdaderamente escribir anatomía pura, sino práctica para uso de los cirujanos. Así, al enjuiciar lo teórico, la teoría médica habitual de sus contemporáneos, dice: «En este libro trataremos solamente aquello que cumple y es necesario que sepa el médico y cirujano, dejadas todas las otras cosas que no hacen a su propósito».

¿Qué no era muy moderno? Quizás más que muchos otros médicos que como él habían nacido en torno a 1480, pues más adelante se arranca con un «podría ser que alguno que leyere este capítulo se maraville de mí, cómo no sigo en la sentencia de Hipócrates, ni de Aristóteles, ni de Galeno, ni menos de Avicena, acerca de la generación del hombre querría que supiesen todos la razón que me ha movido para no seguir a ninguno de ellos enteramente: y es así en estos cuarenta y cinco años que he curado por mí y en compañía de otros varones sabios, he hallado por experiencia ser más verosímil todo lo que he dicho que otra ninguna sentencia de todos los antiguos ni modernos». ¿Catalán? ¿Francés? ¿Castellano? Bastante chulo en cualquier caso. Fuese natural de donde fuese, que el documento donde se diga aún no ha sido publicado, lo enteramente cierto es que su vida transcurrió en Valladolid siempre que le dejaron libre los viajes y le concedieron permiso para aliviarse de la pertinaz gota que amargó los últimos años de su vida. Una enfermedad que le hizo asistir a las disecciones anatómicas realizadas en la Facultad de Medicina de Valladolid, a cargo de Rodríguez de Guevara, porteado por criados en una silla de manos, y que en 18 de octubre de 1548 le llevó a solicitar un cédula, firmada por el príncipe Felipe, futuro Felipe II, que le permitía regresar a orillas del Pisuerga por tiempo de seis meses: «E iros a curar a donde quisiéredes de ciertas enfermedades que según por vuestra parte habemos sido informado tenéis».

Alumno de las Universidades de Montpellier y Bolonia y casado con Francisca de Aranda, hija de Alonso de Santiago, habitante en la vallisoletana calle de Cantarranas, fue médico de la Casa Real desde 1537. En Valladolid tuvo sus hijos y una hija llamada Margarita, casada con el licenciado Diego de Escobar, abogado y profesor de la Universidad de Valladolid, fue la madre de la venerable doña Marina de Escobar, fundadora de las Brígidas.

Más cirujano que médico, conoció profundamente la alquimia, las destilaciones y las quintaesencias, señalándose en las historias de la Medicina que propuso recurrir al análisis químico de la sangre, de la orina y de la saliva como vía hacia la resolución de problemas concretos. Murió en Guadalajara, en 1558, en el curso de su enésimo viaje acompañando a la Casa Real.



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