L aMIGUEL VELASCO/alcalde Arahuetes no solo le están creciendo los enanos sino que se le están saliendo del charco. A los sobresaltos y tropezones a que tiene que hacer frente diariamente, sobre todo en materia de urbanismo, se une ahora la suspensión cautelar por la Junta de las obras de rehabilitación del teatro Cervantes (¿«Quién me mandaría a mí meterme en esto»!) en base a un exceso escandaloso del volumen autorizado.
La cuestión se está complicando. Las cosas cuando nacen mal, difícil es enderezarlas. La obra del Cervantes se inició con prepotencia y prisas. A pesar de todo y sin tener en cuenta opiniones valiosas contrarias a la reconversión del inmueble. ¿Cuántas ciudades europeas hubieran deseado contar con un teatro así de glamouroso! Sin embargo la escasa sensibilidad arrolló precipitadamente (sin tener clara la obra ni su financiación) el importante testimonio de toda una época. ¿Para qué? Pues para lo que se está viendo. Para caldo de cultivo de crispaciones y oscuro objeto de cuantiosísimos gastos que solo Dios sabe cómo se sufragarán. De este modo el Cervantes entra también en el arco de despropósitos de esta ciudad. De cuando a finales del 2003 Arahuetes afirmaba que esa primera fase de las obras que se ponía en marcha rondaría los tres millones de euros de un coste final de 8,4 millones, se ha pasado a más de doce previsiblemente. Y cuando en octubre del 2005 pronosticaba igualmente su final en el 2006 «pudiendo la ciudad disponer de esta importante infraestructura multiusos en el 2007» tampoco parece que tenían bien calculadas las témporas.
En cuanto al engendro proyectado, el proyecto básico de Coullaut-Valera, técnico municipal, ya decía que era necesario un estudio completo sobre «viabilidad (o no) de ampliar el volumen de la futura construcción en el subsuelo por la imposibilidad de hacerlo en altura». Los técnicos consideraban al tiempo que el estado actual de conservación (año 2002) «es bueno». En este sentido en abril del 2003 la Comisión Territorial de Patrimonio daba el visto bueno al proyecto básico, dado que, según la Junta, «la propuesta no aumenta el volumen del inmueble». No obstante en abril del 2005 el concejal de Urbanismo Conde y el alcalde Arahuetes anunciaban la decisión de modificar el proyecto (que lo incrementaría en más de 300.000 euros) y ratificaban la conclusión de obras para comienzos del 2006. Hay más despropósitos; pero para qué seguir. Alguien tendría que responder profesional y económicamente de este desaguisado.
Pero lo más triste de todo (además de padecer unas obras lacerantes durante un largo tiempo) es que en su momento atropellaron con celeridad manifiesta una gran parte del patrimonio cultural de la ciudad sin ninguna necesidad. Lo que de verdad pedía el Cervantes (ya lo he dicho muchas veces) era un «guapeado», la consolidación de la cubierta, adecuación básica de camerinos y servicios y poco más. Nada. Veintidós pesetas. En cambio las obras faraónicas (aunque se tilden de multiusos) no sirven más que de discordia cuando más que con cabeza se ejecutan con cabezonería. ¿A que s