EL descontento no tiene edad. Es un territorio tan extenso que pueden entrar en él tanto los jóvenes, más o menos sensatos, como los alocados ancianos y, una vez dentro, quedarse a vivir durante mucho tiempo. Si no aceptamos perderlo todo, según el consejo de Jack Kerouac, estamos perdidos. Unas veces querremos más y otras querremos algo. Esa situación se está viviendo ahora en Europa y es común el estado de desánimo entre las criaturas recientes y los mayores con reparos. El cambio en el régimen de pensiones ha puesto en dificultades al sonriente Tony Blair. Más de un millón de trabajadores están en huelga en el Reino Unido porque no les consienten dejar de trabajar a partir de los 60 años y seguir cobrando como si estuvieran en activo. Estamos ante la rebelión de los veteranos.
En Francia, los que protestan no son los trabajadores sino los que no encuentran trabajo y, en caso de encontrarlo, tienen la garantía de que pueden ponerlos en la calle en el momento más esperado por sus empresas. Un millón de estudiantes siguen manifestándose contra el plan de empleo juvenil y poniendo en dificultades a Villepin. El presidente Chirac, que se resiste a anular la ley, se ha visto obligado a anular todos sus viajes para seguir el curso de la crisis, que es el único curso al que asisten los estudiantes. Coinciden los que defienden su jubilación con los que aspiran a su primer empleo. Donde únicamente existe cierto sosiego laboral es entre esa zona intermedia que Galbraith llama los 'instalados', que es donde crece la flor mala de la insolidaridad. Entre nosotros no hay huelgas multitudinarias. Estamos defendidos por los Pirineos y por el 'botellón'. Además tenemos mucha curiosidad por el destino de algunos ex pistoleros metidos a cartógrafos.