LAS organizaciones representativas de las víctimas de ETA hicieron público ayer un comunicado de especial relevancia a fin de propiciar el amplio consenso que se requiere para que las instituciones puedan afrontar el final del terrorismo. Hay que reseñar el esfuerzo que implica para las víctimas sobrellevar su dolor y mostrar semejante sentido de responsabilidad. Durante décadas, cada atentado, cada asesinato, ha sido un acto terrible para quienes perdieron a sus seres queridos, apartados de su vida por la sinrazón o condenados a una existencia quebrada y dolorosa. Una pesadilla recurrente que les hace revivir el horror con cada crimen y que la declaración del «alto el fuego permanente» tampoco ha disipado. Es más, el pronunciamiento de ETA contiene en sí una gran carga de crueldad, porque evidencia el sinsentido de tanta muerte sin que medie un mínimo gesto de arrepentimiento. Un paso más en el largo calvario de las víctimas, que magnifica su testimonio de serenidad.
En su comunicado, las organizaciones de víctimas apelan a un elemento fundamental para afrontar el que debiera ser el fin del terrorismo: el consenso. Y ello pasa por la recuperación de la unidad de los partidos. La sociedad, las instituciones que la representan y los partidos políticos tienen una deuda con este colectivo salvajemente agredido. Y la mejor manera de compensarla es respondiendo con hechos a su llamada al consenso. Las víctimas se ven confortadas cuando las unidad política las arropa y sufren el desamparo e, incluso la indefensión, cuando esta cohesión se resquebraja: y no hay mayor soledad que la que deja la violencia.
Las víctimas son la memoria, el testimonio vivo de la violencia asesina y permanentemente nos recuerdan que no existe paz sin justicia. Y por mucho que ETA apele a ella, incluso antes de dejar las armas, no hay más justicia que la representada por el Estado de derecho. No existe otra vía para restañar heridas y superar el daño causado que la que pasa por asumir el mal producido, demostrar arrepentimiento y pedir perdón. Las víctimas mostraron ayer su generosidad para con una sociedad a la que ya han entregado jirones de su vida.
Contra la reforma
Las calles de las principales ciudades francesas son desde hace ya semanas escenario de manifestaciones multitudinarias y violentas contra la ley del Contrato de Primer Empleo (CPE); y a la luz de las reuniones mantenidas -las centrales sindicales plantean ya un paro general para este martes-, no parece que la situación apunte mejora alguna. El autor de la ley, el primer ministro De Villepin, se enfrenta a una amplia coalición de organizaciones estudiantiles, sindicatos, grupos antiglobalización e inmigrantes sin papeles que exigen su retirada inmediata.
La reputación de inflexible de De Villepin no debe ser un obstáculo para juzgar la conveniencia de esta reforma laboral. La discrecionalidad que la ley otorga a los empresarios sobre la disolución del contrato viene compensada por la ayuda del Estado para la adquisición de vivienda desde el momento que comienza el empleo; además, el empleado tiene derecho a formación profesional transcurridos dos meses; pasados cuatro -y en caso de despido-, tiene derecho a una paga mensual de 400 euros si no ha cotizado al paro, y el contrato se convierte en indefinido al final del periodo establecido.
El empleo juvenil francés está en el 23%, mientras que la tasa general de paro es del 9%, pero esta dificultad de la gente joven para encontrar trabajo en Francia no radica en un deseo de los empleadores, sino en razones más complejas, como son la falta de adaptación de la formación a los puestos de trabajo actuales y la rigidez de la legislación. Por una parte, están los intocables 'aristócratas laborales', protegidos férreamente por los sindicatos, y por la otra, los jóvenes que chocan con un muro a la hora de buscar el primer empleo, precisamente porque los empleadores no quieren más contratos blindados. Si los líderes del movimiento contra el CPE reflexionasen sobre sus propios intereses, dirigirían su esfuerzo a extender algunas de las condiciones del mismo a todos los mercados laborales franceses. Pero incluso en la cuna de la Ilustración y de las Luces la racionalidad debe superar un arduo proceso antes de imponerse.